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lunes, 1 de agosto de 2011

La gente infeliz evita el contacto visual

Las personas que están tristes o deprimidas evitan el contacto visual, según la nueva investigación de un psicólogo de la Universidad de Anglia Ruskin.


Dr. Peter Hills, profesor de Psicología en la Univ. Anglia Ruskin, ha llevado a cabo experimentos para descubrir cómo el estado de ánimo influye en la forma que los individuos miran a otras personas.

La investigación, co-escrito por el doctor Michael Lewis de la Universidad de Cardiff, fue publicada en la última edición de la Revista Británica de Psicología, y muestra que las personas felices tienen más probabilidades de detectar cambios en los ojos de los participantes que no están contentos.

"Las personas deprimidas tienden a evitar el contacto visual tanto en las situaciones sociales como en los estudios experimentales, mientras que las personas felices buscan activamente el contacto visual", señaló el doctor Hills, que también descubrió que en la gente triste se notaban con mayor precisión cambios "externos", como cambios de peinado.

Una propuesta del Dr. Hills es que la evitación del contacto visual puede aumentar la depresión entre las personas infelices, ya que los conduce al aislamiento.

"Al evitar el contacto visual, las personas tristes interrumpen la fluidez social normal, lo que les puede llevar a rehuir ciertas situaciones sociales", explicó. "Pese a que esto, en principio, puede reducir la ansiedad causada por la situación en sí, en realidad incrementa el aislamiento social y profundiza en su ya triste estado de ánimo."

"Una perspectiva alternativa sobre estos hallazgos, es que en vez de que los participantes con tristeza inducida evitaran los ojos, procesaran las caras basándose en las características externas, como el pelo, en lugar de las características internas. Las características internas incluyen los ojos y la nariz, que son las que se utilizan normalmente para reconocer caras familiares.

"Por lo tanto, los participantes con tristeza inducida pudieron tratar todas las caras de la misma manera, como si fueran todos desconocidos, lo que a su vez aumentaba el riesgo de aislamiento social."

Los doctores Hills y Lewis, construyeron 12 "prototipos de rostros", usando un sistema por ordenador basado en la reconstrucción de caras. Este software permite seleccionar un conjunto de características, como la forma de la cabeza, peinado, ojos, cejas, nariz, boca y la forma de la barbilla. Estas funciones fueron más tarde agrandadas, encogidas o movidas, en relación con las otras características.

Para inducir un estado de ánimo determinado, los participantes realizaron una tarea de memoria autobiográfica mientras escuchaban piezas musicales específicas, que fueron seleccionadas tras haber sido probadas con estudiantes de psicología en un estudio previo.

Se escogió el "Réquiem" de Mozart para inducir un estado triste, la música de El Equipo A para un estado alegre, y el tema de "La caza del Octubre Rojo" para un estado neutral.

sábado, 26 de febrero de 2011

La biología de los efectos positivos y negativos del miedo

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Desde hace mucho, se sabe que ser consciente de un peligro inminente puede aumentar la habilidad humana de detectar leves cambios en el entorno, ya sean visuales, sonoros o de otro tipo. Por ejemplo, el leve crujido de una hoja seca puede delatar la aproximación sigilosa de un depredador. Pero, por otra parte, también es obvio que el estrés y la ansiedad inducidos por una amenaza pueden afectar de modo negativo nuestra capacidad de pensar con claridad y de llevar a cabo tareas mentales complejas. En un nuevo estudio se ha comprobado de manera detallada el alcance de esta confrontación entre ambos efectos.

Dicha comprobación se ha hecho midiendo los cambios en la actividad eléctrica del cerebro, captados por una densa red de sensores colocados sobre el cuero cabelludo.

El estudio lo ha llevado a cabo el equipo de Alexander Shackman y Richard Davidson, ambos de la Universidad de Wisconsin-Madison.

Enfrentados a un riesgo, los sujetos de estudio, que se ofrecieron voluntariamente para el mismo, mostraron una mayor actividad en los circuitos cerebrales responsables de captar información visual, pero también un nivel de señal más débil en la circuitería responsable de analizar y valorar esa información. Cuando el riesgo desaparecía (y por lo tanto, el estrés y la ansiedad) el efecto se invertía: El cerebro destinaba menos potencia para la vigilancia, y más potencia para la toma de decisiones estratégicas.

El miedo nos hace más sensibles a nuestro entorno externo como una forma de identificar un peligro potencial y por dónde se acerca, pero interfiere en nuestra capacidad de pensamiento complejo.

En los últimos años, algunos teóricos han defendido la hipótesis de que esta confrontación de capacidades podría reflejar la interacción entre dos sistemas cerebrales que funcionan al mismo tiempo: Uno sería responsable de la detección rápida de los estímulos externos. El otro se ocuparía del proceso más lento de evaluar cuidadosamente esa información entrante. El estrés desbarata el equilibrio entre esos sistemas.

Nuestra habilidad de realizar tareas complejas se ve perturbada precisamente cuando aumenta la cantidad de información que recibimos a través de los ojos y los oídos. Cuando somos conscientes de que estamos en peligro, nuestro cerebro absorbe una mayor cantidad de información sensorial, pero al mismo tiempo experimentamos dificultades para concentrarnos en ese gran caudal de datos.

La confusión resultante favorece las acciones rápidas, irreflexivas, dictadas más por el instinto de supervivencia que por el razonamiento lógico, como por ejemplo echarse a correr al oír ese crujido de una hoja seca. En el pasado de nuestra especie, la evolución sin duda favoreció al nerviosismo incontrolable que empuja a las personas a reaccionar así.

Más información en:

Scitech News

La biología de los efectos positivos y negativos del miedo

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Desde hace mucho, se sabe que ser consciente de un peligro inminente puede aumentar la habilidad humana de detectar leves cambios en el entorno, ya sean visuales, sonoros o de otro tipo. Por ejemplo, el leve crujido de una hoja seca puede delatar la aproximación sigilosa de un depredador. Pero, por otra parte, también es obvio que el estrés y la ansiedad inducidos por una amenaza pueden afectar de modo negativo nuestra capacidad de pensar con claridad y de llevar a cabo tareas mentales complejas. En un nuevo estudio se ha comprobado de manera detallada el alcance de esta confrontación entre ambos efectos.

Dicha comprobación se ha hecho midiendo los cambios en la actividad eléctrica del cerebro, captados por una densa red de sensores colocados sobre el cuero cabelludo.

El estudio lo ha llevado a cabo el equipo de Alexander Shackman y Richard Davidson, ambos de la Universidad de Wisconsin-Madison.

Enfrentados a un riesgo, los sujetos de estudio, que se ofrecieron voluntariamente para el mismo, mostraron una mayor actividad en los circuitos cerebrales responsables de captar información visual, pero también un nivel de señal más débil en la circuitería responsable de analizar y valorar esa información. Cuando el riesgo desaparecía (y por lo tanto, el estrés y la ansiedad) el efecto se invertía: El cerebro destinaba menos potencia para la vigilancia, y más potencia para la toma de decisiones estratégicas.

El miedo nos hace más sensibles a nuestro entorno externo como una forma de identificar un peligro potencial y por dónde se acerca, pero interfiere en nuestra capacidad de pensamiento complejo.

En los últimos años, algunos teóricos han defendido la hipótesis de que esta confrontación de capacidades podría reflejar la interacción entre dos sistemas cerebrales que funcionan al mismo tiempo: Uno sería responsable de la detección rápida de los estímulos externos. El otro se ocuparía del proceso más lento de evaluar cuidadosamente esa información entrante. El estrés desbarata el equilibrio entre esos sistemas.

Nuestra habilidad de realizar tareas complejas se ve perturbada precisamente cuando aumenta la cantidad de información que recibimos a través de los ojos y los oídos. Cuando somos conscientes de que estamos en peligro, nuestro cerebro absorbe una mayor cantidad de información sensorial, pero al mismo tiempo experimentamos dificultades para concentrarnos en ese gran caudal de datos.

La confusión resultante favorece las acciones rápidas, irreflexivas, dictadas más por el instinto de supervivencia que por el razonamiento lógico, como por ejemplo echarse a correr al oír ese crujido de una hoja seca. En el pasado de nuestra especie, la evolución sin duda favoreció al nerviosismo incontrolable que empuja a las personas a reaccionar así.

Más información en:

Scitech News

lunes, 14 de febrero de 2011

La especie humana no destaca por su inteligencia sino por ser sensible a las emociones y reacciones del entorno

l cerebro humano es un "órgano social", que marca la diferencia con los animales

MADRID, 10 (EUROPA PRESS)

La especie humana no destaca por su inteligencia sino porque tiene la facultad "innata, inconsciente y automática" de ser sensible a las emociones y reacciones de los demás, según explica el doctor Manuel Martín-Loeches, responsable de la Sección de Neurociencia Cognitiva del Centro Mixto Universidad Complutense-Instituto de Salud Carlos III de Evolución y Comportamiento Humano.

Durante su ponencia, dentro del acto organizado este miércoles por el Instituto Tomás Pascual para la Nutrición y la Salud, ha tratado de "desmitificar" que la especie humana sobresale por su inteligencia. "Siempre se destaca que somos la especie con más inteligencia, por tener el cerebro más grande, por solucionar problemas y, casi, predecir el futuro", sin embargo, a su juicio, una de las facetas más importantes del cerebro es la relacionada con la interacción social.

Por tanto, "si el ser humano se diferencia en algo de otras especies es en que estamos especializados en detectar el contenido de la mente de otras personas". Además, según afirma este experto en una entrevista a Europa Press, el cerebro tiene la capacidad de reproducir internamente los acontecimientos sociales, de manera similar a como si el propio individuo ejecutara no sólo su papel, sino el de aquellos con quienes se relaciona.

"Queda demostrado cuando constatamos las reacciones de nuestro cerebro ante las expresiones de los demás, ante lo que pueden estar pensando o ante sus intenciones", lo que significa que "la especie humana es muy sensible a lo que ocurre alrededor". Esta situación, indica, hace "vulnerable" también al ser humano, ya que, "al intentar captar los contenidos de las mentes de otras personas, los metemos en nuestra mente y eso nos influye".

Por ejemplo, advierte, es común entre la población verse influida por el estado de ánimo de otras personas, incluso puede contribuir a lo que se piensa o en los actos que se realizan. Por tanto, según Martín-Loeches, "se abren las puertas a la manipulación de los objetivos e intenciones de otros".

"ABIERTO A TODO"

En definitiva, "dota al ser humano de una sensibilidad hacia lo que le rodea", ya que "al tratar de anticipar lo que piensan otras personas hace que el cerebro sea más abierto a todo y pueda afectarle cosas muy peregrinas, como una música de fondo, el color de una pared, etc". En este sentido, es fundamental destacar el papel de las emociones que, explica, "nos mueven a prácticamente todo".

Así, se entiende el cerebro humano como "órgano social", ya que "el cerebro ha ido evolucionando y se ha convertido en un órgano especializado en entender la mente de los otros y en trabajar para que los demás nos entiendan". "Ahí está la clave que nos diferencia de otras especies animales", añade.

"Hasta las personas más frías y más maquinales siempre tienen las emociones funcionando, nunca se es insensible, sino que se es sensible a otras emociones", advierte.

Este mecanismo, que surgió originalmente por intentar captar todo lo que hay en la sociedad, tiene por tanto la peculiaridad de imitar. Los experimentos realizados han demostrado que cuando a un grupo de individuos se les sometía a cierta información, eran tan vulnerables que sus actos se veían influidos por esa información. Así, personas que trabajan con material relacionado con el envejecimiento terminaban trabajando y hablando de manera más lenta.

El experto recuerda que se trata de una facultad que puede verse en bebés de siete meses, que "pueden detectar la información que saben otras personas, sin que nadie les haya enseñado que cada persona tiene pensamientos diferentes". Es un mecanismo que se va desarrollando con la edad y la exposición a los demás.

La especie humana no destaca por su inteligencia sino por ser sensible a las emociones y reacciones del entorno

l cerebro humano es un "órgano social", que marca la diferencia con los animales

MADRID, 10 (EUROPA PRESS)

La especie humana no destaca por su inteligencia sino porque tiene la facultad "innata, inconsciente y automática" de ser sensible a las emociones y reacciones de los demás, según explica el doctor Manuel Martín-Loeches, responsable de la Sección de Neurociencia Cognitiva del Centro Mixto Universidad Complutense-Instituto de Salud Carlos III de Evolución y Comportamiento Humano.

Durante su ponencia, dentro del acto organizado este miércoles por el Instituto Tomás Pascual para la Nutrición y la Salud, ha tratado de "desmitificar" que la especie humana sobresale por su inteligencia. "Siempre se destaca que somos la especie con más inteligencia, por tener el cerebro más grande, por solucionar problemas y, casi, predecir el futuro", sin embargo, a su juicio, una de las facetas más importantes del cerebro es la relacionada con la interacción social.

Por tanto, "si el ser humano se diferencia en algo de otras especies es en que estamos especializados en detectar el contenido de la mente de otras personas". Además, según afirma este experto en una entrevista a Europa Press, el cerebro tiene la capacidad de reproducir internamente los acontecimientos sociales, de manera similar a como si el propio individuo ejecutara no sólo su papel, sino el de aquellos con quienes se relaciona.

"Queda demostrado cuando constatamos las reacciones de nuestro cerebro ante las expresiones de los demás, ante lo que pueden estar pensando o ante sus intenciones", lo que significa que "la especie humana es muy sensible a lo que ocurre alrededor". Esta situación, indica, hace "vulnerable" también al ser humano, ya que, "al intentar captar los contenidos de las mentes de otras personas, los metemos en nuestra mente y eso nos influye".

Por ejemplo, advierte, es común entre la población verse influida por el estado de ánimo de otras personas, incluso puede contribuir a lo que se piensa o en los actos que se realizan. Por tanto, según Martín-Loeches, "se abren las puertas a la manipulación de los objetivos e intenciones de otros".

"ABIERTO A TODO"

En definitiva, "dota al ser humano de una sensibilidad hacia lo que le rodea", ya que "al tratar de anticipar lo que piensan otras personas hace que el cerebro sea más abierto a todo y pueda afectarle cosas muy peregrinas, como una música de fondo, el color de una pared, etc". En este sentido, es fundamental destacar el papel de las emociones que, explica, "nos mueven a prácticamente todo".

Así, se entiende el cerebro humano como "órgano social", ya que "el cerebro ha ido evolucionando y se ha convertido en un órgano especializado en entender la mente de los otros y en trabajar para que los demás nos entiendan". "Ahí está la clave que nos diferencia de otras especies animales", añade.

"Hasta las personas más frías y más maquinales siempre tienen las emociones funcionando, nunca se es insensible, sino que se es sensible a otras emociones", advierte.

Este mecanismo, que surgió originalmente por intentar captar todo lo que hay en la sociedad, tiene por tanto la peculiaridad de imitar. Los experimentos realizados han demostrado que cuando a un grupo de individuos se les sometía a cierta información, eran tan vulnerables que sus actos se veían influidos por esa información. Así, personas que trabajan con material relacionado con el envejecimiento terminaban trabajando y hablando de manera más lenta.

El experto recuerda que se trata de una facultad que puede verse en bebés de siete meses, que "pueden detectar la información que saben otras personas, sin que nadie les haya enseñado que cada persona tiene pensamientos diferentes". Es un mecanismo que se va desarrollando con la edad y la exposición a los demás.

lunes, 3 de enero de 2011

Existen datos científicos que demuestran que la Impulsividad y suicidio van de la mano



Existen datos bioquímicos, genéticos y psicopatológicos que relacionan claramente la impulsividad con depresión, ansiedad, agresión y suicidio. De hecho, en el caso concreto de la conducta suicida, esta relación es tal que los expertos consideran que es un factor de predisposición importante en alrededor del 70% de dichas conductas.

Aunque una persona tenga deseos de acabar con su vida, sin impulsividad y/o ansiedad no se suicidará ni llevará a cabo ningún tipo de acto violento, ya que no existe la decisión de la ejecución, el paso al acto, para que el paciente acabe con su vida, explica la doctora Belén Arranz, coordinadora de Psiquiatría del Instituto Europeo de Neurociencias (IDN) de Barcelona, España.

La impulsividad no es una enfermedad, es un síntoma integrante de gran parte de la patología psiquiátrica, que está asociado a trastornos como el suicidio, la depresión y la ansiedad, las adicciones, la bulimia, la esquizofrenia, el juego patológico o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad entre otros. En este sentido, se puede afirmar que entre el 15 y el 25% de la población padece trastornos por impulsividad patológica.

Aunque la prevalencia de los trastornos del impulso como tales -sin estar asociados a otras patologías psiquiátricas- es baja, la prevalencia de la impulsividad asociada a otras patologías psiquiátricas como trastornos de la conducta alimentaria, juego patológico o dipsomanía (en las que la impulsividad seria la patología nuclear) aumenta considerablemente. Además, desempeña un papel importante como síntoma asociado en otras muchas enfermedades mentales, como los trastornos bipolares, la esquizofrenia, ciertas deficiencias mentales, etc., llegando en muchas ocasiones a ser la clave de su diagnóstico, aclara el doctor Salvador Ros Montalbán, Director Médico del Instituto Europeo de Neurociencias (IDN).

De todas formas (y como casi todos hemos experimentado) la impulsividad no siempre es mala. A pesar de que tiende a considerarse como una característica negativa, puede desempeñar un importante papel en el comportamiento normal de las personas, puesto que la impulsividad moderada puede ser evaluada como un rasgo socialmente beneficioso y admirado (decisión, rapidez en las respuestas). La intensidad de la impulsividad es la que la convierte en patológica o disfuncional (con predisposición a reacciones rápidas, no planeadas, ante estímulos internos o externos, sin considerar las consecuencias negativas de esas acciones).

La impulsividad se convierte en patológica cuando, frente a una determinada situación, el individuo no puede demorar el momento de satisfacer una necesidad. Cuando una persona no puede controlar la necesidad, por ejemplo, de beber o de comer, pueden aparecer conductas alcohólicas o bulímicas, si no puede demorar una relación sexual, aparece la adicción al sexo. Puede ocurrir, igualmente, que el individuo experimente una cierta incapacidad en el control de la relación en situaciones sociales y se sienta irritado y molesto reaccionando con agresividad e incluso con violencia. En definitiva, hablamos de impulsividad patológica cuando la persona es incapaz de inhibir una respuesta que en condiciones normales debería poder ser controlada, explica Ros.

Existen diferentes estrategias psicofarmacológicas para el tratamiento de los trastornos del control de impulsos: cuando este trastorno acompaña a otra patología de base, el tratamiento se dirige fundamentalmente a la principal patología, y cuando se trata de trastornos puros tradicionalmente se han empleado antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y antipsicóticos, pero en los últimos años la aparición de nuevos anticonvulsivantes o antiepilépticos está relegando a estos fármacos a un segundo lugar.

En la actualidad, contamos con una nueva generación de fármacos antiepilépticos eficaces en el tratamiento de la conducta impulsiva -dice Ros-. En concreto, topiramato ha demostrado en numerosos estudios (doble ciegos, abiertos, pilotos, , etc.) ser un tratamiento eficaz para tratar la impulsividad en distintos tipos de patología psiquiátrica: con su utilización disminuyen todos los aspectos relacionados con la urgencia o necesidad de llevar a cabo una conducta impulsiva. Además, cuenta con unos índices de tolerancia y seguridad muy interesantes.