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lunes, 6 de junio de 2011

Los móviles, en el mismo grupo de riesgo que el café respecto al cáncer

Chica usando un móvilQuizás la Organización Mundial de la Salud no fue muy hábil a la hora de comunicar los resultados del análisis que hizo su panel de 31 expertos sobre la posible asociación entre el uso de teléfonos móviles y el cáncer, lo que unido a una cierta tendencia al amarillismo en ciertos titulares ha servido para montar un cierto lío sobre el tema.
El informe, IARC classifies radiofrequency electromagnetic fields as possibly carcinogenic to humans [PDF 258 KB], elaborado a partir de la revisión de estudios ya hechos, con lo que no es que hayan descubierto nada nuevo, dice que a la vista de los resultados de los datos disponibles no podemos descartar al 100% que exista esa relación.
Pero como explica magníficamente Ed Yong en El veredicto de la Organización Mundial de la Salud sobre teléfonos móviles y cáncer, tampoco hay datos que apoyen que esta exista.
Así que los expertos en cuestión han hecho ha sido curarse en salud y han decidido incluir el uso de teléfonos móviles en el Grupo 2B de la lista de carcinogenos… Junto con la carpintería, el café, los encurtidos, y la gasolina, por ejemplo.
A mi modo de ver las cosas lo importante en el asunto de los móviles es que seamos conscientes de que no está descartada una posible relación entre el uso de estos y cáncer y que estemos dispuestos a seguir estudiando el tema por si acaso.
Pero no sólo no me da ningún reparo seguir usándolo aún a pesar de lo que diga el informe de la OMS, sino que me siento más tranquilo haciéndolo porque a mi modo de ver las cosas, lo que ha hecho el panel de expertos de la OMS es confirmar la validez de los resultados de los estudios anteriores que dicen que parece que no hay problema con los móviles.
Claro que todo depende de cómo mires las cosas y de cómo quieras titular tus noticias.
Para abundar en el tema, recomiendo una vez más echarle un ojo a la monografía que elaboramos en los Museos Científicos Coruñeses, dónde trabajo, sobre el tema, titulada Antenas y Salud [PDF 2,5 MB].
(El original en inglés del artículo de Ed Yong está en World Health Organisation verdict on mobile phones and cancer. Foto: my radiance (cc) Jesslee Cuizon).

Individuos con personalidad distinta en otras especies animales

Los seres humanos tenemos personalidades diferentes, y eso determina en buena medida el destino de cada cual. La personalidad de un sujeto suele ejercer una importante influencia en el rumbo de su vida. Algunas personas son extrovertidas y muy sociables. Otras son introvertidas y desconfiadas. Ambas clases de personalidades tienen sus pros y sus contras.

Y cada vez hay más evidencias científicas que corroboran lo que sabe casi toda persona que haya convivido con animales domésticos: En los animales superiores, como por ejemplo perros, gatos y aves, los individuos también tienen personalidades distintas.

En un nuevo estudio, se ha obtenido una prueba más de esto; concretamente se ha demostrado que las personalidades de pájaros de una misma especie, el verderón, se reflejan incluso en sus perfiles de estrés oxidativo.

Las investigadoras Kathryn Arnold del Departamento de Medio Ambiente de la Universidad de York, y Katherine Herborn, del Instituto de Biodiversidad, Salud Animal y Medicina Comparativa de la Universidad de Glasgow, ambas instituciones del Reino Unido, se propusieron clasificar las personalidades de 22 verderones.

Para observar las reacciones de cada pájaro a una situación nueva, agregaron un molde cortagalletas de colores brillantes al cuenco de comida de cada ave, y cronometraron cuánto tardaba cada una en decidir acercarse a la comida. Las investigadoras constataron que los pájaros más atrevidos tardaban sólo unos pocos segundos en decidir que el molde cortagalletas no era peligroso y acercarse a él. Los pájaros más precavidos pasaban hasta 30 minutos vigilando de lejos el molde antes de llegar a la misma conclusión.

Arnold y Herborn también midieron el nivel de interés de cada pájaro en explorar cosas nuevas. Lo hicieron agregando un objeto intrigante a la percha de cada ave, y cronometrando cuándo tardaba cada una en posarse a su lado. No hubo correlación entre el grado de interés en explorar y el grado de atrevimiento medido en el primer experimento.

Las investigadoras midieron en cada pájaro los niveles de metabolitos de oxígeno reactivo y sus defensas contra estos. Cotejando el perfil de estrés oxidativo de cada pájaro con los rasgos de su personalidad puestos de manifiesto en los experimentos, Arnold y Herborn han constatado que las aves más cautelosas tenían los niveles más altos de toxinas de oxígeno y las defensas más débiles, de modo que sufrían de mayor estrés oxidativo que sus compañeras más temerarias.

Las científicas también han comprobado que los pájaros con mayor vocación exploradora tenían mejores defensas contra los daños oxidativos que los pájaros con escaso interés en explorar cosas nuevas.

En su vida natural en libertad, los pájaros que más recelan de lo desconocido y que por tanto se angustian más, pueden ver perjudicada su salud por culpa del estrés oxidativo y morir antes que los más despreocupados. Pero, por otra parte, estos últimos, aunque gocen de mejor salud y potencialmente una mayor longevidad, se hallan bajo un mayor riesgo de ser devorados por depredadores a causa de su menor cautela ante lo extraño. Así que unos y otros cuentan con ventajas y desventajas que les igualan en éxito dentro de la carrera evolutiva. Por eso, ambos tipos de personalidad han perdurado a través del tiempo.

Las especies son a los ecosistemas lo que las células al cuerpo humano

Un ecosistema es como un gran organismo en el que las especies se comportan de una manera similar a las células del cuerpo humano: el conjunto forma una entidad permanente aunque las entidades que lo forman estén en constante sustitución. Eso es lo que se desprende de un estudio teórico llevado a cabo por investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).

Los científicos han desarrollado un modelo matemático que recrea el comportamiento de un ecosistema para observar la dinámica del mismo y sus reacciones ante diferentes situaciones. Y lo que han comprobado es que el ecosistema alcanza un estado en el que permanece más o menos invariable, a pesar de que las especies que lo conforman pueden estar constantemente siendo sustituidas unas por otras hasta llegar incluso a renovarse por completo, de forma similar a como ocurre en un organismo humano. "En resumen: las especies cambian, la estructura no", comenta uno de los autores de la investigación, el profesor José A. Cuesta, que ha publicado el estudio recientemente en el Journal of Theoretical Biology junto a José A. Capitán, ambos del departamento de Matemáticas de la UC3M, y Jordi Bascompte, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Desde ese punto de vista, se podría decir que los seres pluricelulares somos también ecosistemas, comentan estos investigadores. En este sentido, estamos formados por células de distintos tipos que cooperan o compiten por recursos; colonizados por diversos tipos de bacterias (en el intestino, en la piel, etc.), cuya actividad está acoplada a la de otros procesos de nuestro organismo; invadidos por virus, que pueden ser dañinos o intervenir en procesos regulatorios de nuestro ADN. "Estos seres están continuamente siendo renovados, de manera que transcurrido un tiempo suficientemente largo, todas las entidades que nos forman han sido sustituidas una o varias veces. Y, sin embargo, a lo largo del proceso seguimos siendo nosotros mismos, al igual que ocurre con los ecosistemas", explica el profesor Cuesta.

La implicación más importante de este hallazgo es que nos hace ver los ecosistemas de una forma distinta, como una entidad en sí misma más que como un conjunto de especies. "Nos obsesiona la preservación de las especies, pero es mucho más importante la preservación de un ecosistema", apuntan estos científicos. Desde este punto de vista, por ejemplo, a veces podría ser beneficioso sustituir una especie amenazada por otra equivalente - con similares interacciones con las otras especies del ecosistema - para que el ecosistema no se viera amenazado, porque perderíamos una especie pero salvaríamos el ecosistema.

En el campo de la evolución a la hora de abordar el término 'ecosistema' siempre se distingue entre especies y ambiente. Las primeras evolucionan para adaptarse al segundo y cambian a medida que éste lo hace. Ante esta dicotomía, se tiende a pensar que especies y ambiente son entidades separadas. Sin embargo, los ecosistemas muestran que las propias especies forman la parte más importante del ambiente. "Las especies interaccionan: se comen unas a otras, se pelean por el territorio... y eso hace que la presencia o ausencia de ciertas especies sea el factor que más influye en la supervivencia de una especie dada", comenta el investigador.  "Esta propiedad de las especies de generar su propio ambiente formando un ecosistema es el aspecto que más nos interesaba cuando abordamos el estudio", comenta José A. Cuesta, que también forma parte del Grupo Interdisciplinar de Sistemas Complejos  de la UC3M.

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(Foto: I.C./SINC)
El modelo matemático que han creado estos investigadores permite observar el ecosistema en grandes escalas de tiempo, así como durante su formación, lo que les ha permitido formular otras hipótesis. Han visto, por ejemplo, que el ecosistema se va formando a medida que es invadido por nuevas especies, pero que hay un punto a partir del cual el ecosistema se vuelve robusto y ya no admite más incorporaciones a su estructura, aunque sí el intercambio de elementos. Otra evidencia que han comprobado es el efecto "gran depredador", que se ha observado en ecosistemas reales. Consiste en que la extinción de un gran depredador, que consume diversas especies, a veces acarrea la subsiguiente extinción de estas especies. La razón es que actúa como un regulador de la población de las presas, de tal modo que, de no estar presente, la población de estas crece tanto que llegan a agotar sus recursos y terminan por extinguirse.

Las ventajas de crear un modelo matemático a la hora de estudiar la naturaleza son muy diversas. Por un lado, la escala temporal evolutiva de un ecosistema puede ser muy grande y requerir datos recogidos durante siglos o milenios, algo que resulta inviable. Por otro lado, el análisis empírico de ecosistemas es sumamente difícil, porque supone observar todas las especies involucradas durante largos periodos de tiempo, tener suficientes observaciones de depredadores y presas de manera que se puedan inferir relaciones tróficas fiables, estimar los parámetros de competición entre especies... Y a lo largo de todo el periodo de observación el ecosistema puede estar sujeto a cambios estacionales o climáticos que pueden influir en todas esas relaciones. "Los modelos matemáticos resultan de gran ayuda para focalizar el tipo de datos a recoger para contrastar hipótesis y, de hecho, la ecología matemática tiene una larga tradición en esta disciplina y los propios ecólogos están haciendo cosas muy interesantes aplicando técnicas matemáticas desarrolladas para otros fenómenos", asegura el profesor José Cuesta. (Fuente: UC3M)

Libertad y poder, ¿inevitablemente unidos?

Gozar de una gran libertad para tomar las decisiones sobre nuestra vida que nos apetezcan es algo de lo que, en principio, podríamos disfrutar sin tener que ocupar un puesto muy alto en una jerarquía.

Sin embargo, a efectos prácticos, las personas que ocupan esos puestos elevados suelen tener mejores oportunidades para organizar su vida a su gusto. Y en un estudio se ha verificado que en la psicología humana ambas cosas tienden a ir de la mano, incluso en situaciones en las que libertad y poder no dependan mutuamente.

La gente instintivamente prefiere posiciones altas de poder en vez de bajas. De igual modo, tener muchas opciones entre las que escoger nos hace sentir mejor que tener pocas.

El equipo de la investigadora M. Ena Inesi de la Escuela de Ciencias Empresariales de Londres sospechaba que la necesidad de tener el control podría ser el elemento crítico que estos dos procesos aparentemente independientes tuvieran en común. El poder nos da control sobre lo que otras personas hacen, en tanto que la libertad de tomar decisiones sobre el rumbo de nuestra vida nos da control sobre lo que hacemos nosotros.

Los resultados de los experimentos psicológicos que el equipo llevó a cabo con voluntarios son claros: Los sujetos a quienes se les hizo sentir con poco poder tendían luego a escoger comprar unas gafas de sol en una tienda donde podían escoger entre 15 modelos, en vez de otra, más cercana, en la que sólo podían escoger entre 3.

Simulando la circulación de la sangre en una supercomputadora

En el interior de una arteria cualquiera del cuerpo humano, reina una agitación constante: los glóbulos discurren de modo abrupto entre cientos de ellos, chocando contra otras células y contra las paredes a medida que avanzan. La gran cantidad de variables implicadas en este desplazamiento, y la inmensidad del sistema circulatorio humano, han evitado que los científicos documenten en profundidad la agitación que se da en los vasos sanguíneos.

Este bullicio es tema de estudio en el campo de la ciencia que se conoce como biofísica, ya que como mejor se describen las fuerzas que gobiernan los movimientos de los glóbulos rojos de la sangre a esta escala es mediante las leyes de la física.

De hecho, es posible mapear la circulación sanguínea con ayuda de las matemáticas. Eso es exactamente lo que un equipo de científicos de la Universidad Brown dirigido por G. E. Karniadakis y un grupo de expertos del Laboratorio Nacional estadounidense de Argonne están haciendo en la supercomputadora del laboratorio, con la esperanza de que un mejor mapeo conduzca a mejores diagnósticos y tratamientos para los pacientes con problemas de circulación sanguínea.

Aunque se ha recorrido un largo camino desde los antiguos griegos, quienes creían que el hígado producía la sangre, hay mucho que no sabemos de ella. Las supercomputadoras más modernas y potentes han permitido que los científicos creen modelos detallados del flujo sanguíneo que ayudan a los médicos a conocer mejor lo que sucede a escala molecular y, en consecuencia, cómo tratar más eficazmente enfermedades del corazón y la sangre.

Una parte del estudio consiste en mapear de modo muy detallado cómo se mueven los glóbulos rojos a través del cerebro.

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Simulación de la circulación sanguínea. (Foto: ANL)

Los glóbulos rojos son blandos y elásticos; necesitan comprimirse y flexionarse al pasar a través de pequeños capilares, para llevar la sangre a todas las áreas del cerebro.

Sin embargo, las células infectadas por la malaria se endurecen y se adhieren a las paredes, lo que acaba taponando los vasos sanguíneos. Las víctimas mortales de la malaria mueren por falta de oxígeno en el tejido cerebral. Un conocimiento más completo de cómo se mueve la sangre a través del cerebro permitiría a los médicos conocer con mayor precisión el progreso de enfermedades que afectan de un modo u otro a su circulación.


Consultoria Humana: Las causas de la claustrofobia

Consultoria Humana: Las causas de la claustrofobia: "Las personas solemos sentirnos más cómodas si mantenemos a nuestro alrededor una especie de burbuja de espacio libre, a la que se denomina ..."

Las causas de la claustrofobia

Las personas solemos sentirnos más cómodas si mantenemos a nuestro alrededor una especie de burbuja de espacio libre, a la que se denomina "espacio personal". Pero esta burbuja no tiene el mismo tamaño para todas las personas. En un nuevo estudio, se ha descubierto que las personas cuya burbuja predilecta es demasiado grande, específicamente prolongándose más allá del alcance máximo de las manos con los brazos extendidos, son más propensas a experimentar el miedo típico de la claustrofobia.

Este estudio es uno de los primeros en centrarse en los mecanismos de percepción vinculados a la claustrofobia.

El equipo de Stella Lourenco (Universidad Emory, Estados Unidos) y Matthew Longo (Universidad de Londres) ha constatado que las personas que sienten más claustrofobia tienen una percepción exacerbada del espacio cercano que les rodea.

Por ahora, no saben, sin embargo, si la distorsión en la percepción espacial conduce al miedo, o viceversa. Ambas opciones son igual de probables.

Todo el mundo experimenta claustrofobia hasta cierto punto, pero hay una amplia gama de diferencias individuales. Se estima que cerca del 4 por ciento de las personas sufre claustrofobia en su forma claramente patológica, la cual puede hacer que tengan ataques de pánico cuando viajan a través de un túnel o en un ascensor. Algunas personas lo pasan tan mal que acuden al médico en busca de tratamiento para el trastorno.

Profundizar en los factores que contribuyen a la claustrofobia puede conducir a hallazgos que ayuden a desarrollar terapias más eficaces para la claustrofobia.

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(Foto: iStockphoto.com)

La claustrofobia está asociada a menudo con una experiencia traumática, como quedar atrapado en un ascensor durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, las personas que experimentan sucesos traumáticos en espacios reducidos no necesariamente desarrollan luego la claustrofobia entendida como una enfermedad.

Por eso, Lourenco y sus colegas sospecharon que podía haber otros factores involucrados. Y los resultados de su investigación muestran ciertamente que hay una clara relación entre la claustrofobia y aspectos básicos de la percepción espacial.

Las conexiones neuronales marcan la diferencia entre el estado vegetativo y el de mínima conciencia

Un estudio europeo, publicado en la revista Science, revela que la diferencia entre los pacientes en estado vegetativo y los que se encuentran en estado de mínima conciencia radica en las conexiones 'hacia atrás' entre las capas neuronales. Estas conexiones, que transmiten los datos sensoriales del córtex frontal al temporal, son interrumpidas en los primeros pacientes y se mantienen en los segundos.

"El diagnóstico clínico para determinar si un paciente se encuentra en estado vegetativo o en estado de conciencia mínima es, hoy en día, muy difícil; este estudio ayuda a entender las bases biológica y neuronal de los estados de conciencia e inconsciencia del ser humano", explica a SINC Marta Garrido, una de las autoras del estudio e investigadora del Centro Wellcome Trust para la Neuroimagen de Londres (Reino Unido).

Los científicos han analizado muestras de 22 personas sanas, 13 pacientes en estado de conciencia mínima y ocho pacientes en estado vegetativo. Los resultados indican que, en los pacientes en estado vegetativo, las conexiones 'hacia atrás' entre las capas neuronales son interrumpidas, mientras que en las personas de los dos otros grupos se mantienen.

"Estas conexiones –conocidas también como 'procesos de arriba hacia abajo'– unen el córtex frontal con el córtex temporal, que se encuentra en la parte posterior del cerebro y es responsable de procesar la información más básica que nos llega a través de los sentidos, como el oído o la vista", indica Garrido. El córtex frontal, en cambio, está implicado en procesos cognitivos más elaborados, como la imaginación y la atención, y puede cambiar el modo en que percibimos los estímulos sensoriales.

"La forma de registrar la información de un texto depende de la atención con la que lo leemos; este efecto es un ejemplo de un proceso 'de arriba hacia abajo' que implica conexiones 'hacia atrás'", expone la investigadora. Y añade: "Los procesos más sencillos, como la visión, no se limitan solo a áreas primarias, sino que implican una red de áreas cerebrales que incluyen las áreas frontales".

Los resultados de la investigación permitirán, según Garrido, "mejorar el diagnóstico clínico y los tratamientos actuales". Los métodos de evaluación actuales se basan en la medición del comportamiento: "Un paciente en estado de conciencia tiene ciertos comportamientos que
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(Foto: grantbowles3)
requieren de la cognición, y un paciente en estado vegetativo muestra solo conductas impulsivas".

Por otro lado, el estudio supone un avance en el conocimiento de las funciones cerebrales. "Este órgano no funciona sólo como una máquina que registra información sensorial de forma pasiva, sino que elabora de manera constante proyecciones de la información visual y auditiva", remarca la experta.

El trabajo se completará con el estudio de otros estados (como el sueño o la anestesia) en los que la conciencia sufre una alteración. "Así se podría establecer un nexo entre la conciencia y los mecanimos cerebrales, en general, y el estado de coma, en concreto", concluye la científica. (Fuente: SINC)

miércoles, 25 de mayo de 2011

Investigadores descubren que la experiencia sensorial influye sobre la forma que adquieren las neuronas

El investigador Víctor Borrell, del Instituto de Neurociencias de Alicante, centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Miguel Hernández, ha puesto de manifiesto el mecanismo celular que controla el desarrollo y la diferenciación de las neuronas estrelladas de la capa 4 de la corteza cerebral.

Los resultados de esta investigación, obtenidos en colaboración con el investigador Edward M. Callaway, del Salk Institute for Biological Studies de California, demuestran que la percepción sensorial desempeña un papel fundamental en el proceso de desarrollo del cerebro, ya que determina la forma que van a tener muchas de las neuronas de la corteza cerebral.

Este descubrimiento ha sido publicado en la prestigiosa revista 'The Journal of Neuroscience' y supone un "avance significativo" a la hora de comprender los mecanismos implicados en el desarrollo de la corteza cerebral, según ha informado el CSIC e un comunicado.

Los resultados obtenidos en la investigación muestran los mecanismos celulares implicados en la adquisición de las distintas morfologías de las neuronas de la corteza cerebral y ponen de manifiesto, por primera, vez la participación activa de la experiencia sensorial en este proceso, paso clave para el correcto funcionamiento del cerebro.

El investigador Víctor Borrell ha explicado que "para la mayoría de neuronas de la corteza cerebral, el proceso de desarrollo es relativamente sencillo: crecer y aumentar en complejidad". Sin embargo, "en el caso de las neuronas estrelladas el proceso es distinto, y consta de dos fases completamente contrapuestas".

En una primera fase estas neuronas aumentan en tamaño y complejidad, adquiriendo una morfología similar a las típicas neuronas piramidales. En una segunda fase, estas neuronas entran en un proceso de regresión, durante el cual sufren una reducción del tamaño y de la complejidad de su dendrita principal, alcanzando finalmente la típica forma estrellada.

Este tipo de desarrollo únicamente había sido observado en una pequeña población muy particular de neuronas de la corteza, pero este estudio demuestra que lo mismo sucede en la mayoría de neuronas de la capa 4, según ha destacado el investigador.

LA REGIÓN MÁS COMPLEJA DEL CEREBRO

La corteza cerebral es la región más compleja del cerebro de los mamíferos y la parte más desarrollada en el cerebro de los seres humanos. "La información que recibimos del mundo exterior a través de nuestros sentidos viaja por el sistema nervioso hasta la corteza cerebral, donde esta información es procesada, integrada, y combinada con recuerdos y sensaciones anteriores, dando lugar a nuestra particular percepción del mundo que nos rodea", ha señalado Borrell.

La corteza cerebral contiene un repertorio único de tipos de neuronas, que se distinguen por tener cada uno su forma característica, definida por la extensión y arborización de sus dendritas. La mayor parte de las neuronas excitadoras de la corteza cerebral se caracterizan por tener una dendrita apical larga que predomina sobre varias dendritas basales más cortas, dando a estas neuronas un aspecto piramidal. En la capa 4, sin embargo, predomina un tipo de neurona con una dendrita apical corta similar a las dendritas basales, dando a estas neuronas un aspecto muy característico de asterisco o estrella.

Diversos estudios habían demostrado que durante el desarrollo de la corteza cerebral las neuronas piramidales sufren un notable crecimiento y arborización de todas sus dendritas, lo que finalmente acaba dando lugar a la forma piramidal típica de estas neuronas en el cerebro adulto.

También se ha propuesto que el tamaño y la forma finales de estas neuronas piramidales son fruto de la combinación de factores genéticos intrínsecos, e influencias ambientales locales, incluyendo la actividad eléctrica de las propias neuronas.

Al contrario que con las neuronas piramidales, los mecanismos encargados de dirigir el desarrollo de las dendritas hacia una forma estrellada, como ocurre con las neuronas de la capa 4 de la corteza cerebral, y los factores que influyen sobre este proceso eran enteramente desconocidos, hasta ahora.

Una vez comprendido el proceso mediante el cual las neuronas estrelladas adquieren su forma definitiva en dos fases, los investigadores Víctor Borrell y Edward Callaway comenzaron la búsqueda de los factores que regulan este proceso.

Descubrieron que la actividad sensorial parece tener una importancia capital en ese proceso. Vieron que en situaciones de deprivación visual, donde la corteza cerebral no recibe impulsos eléctricos procedentes de la retina, las neuronas de la capa 4 solo completaban con éxito la primera fase de su desarrollo, la de crecimiento y aumento de complejidad.

Sin embargo, llegado el momento de empezar la segunda fase de desarrollo, la de retracción de la dendrita apical, la mayoría de neuronas era incapaz de hacer ese cambio y permanecía en fase de crecimiento, conservando la forma piramidal. Por lo tanto, la percepción sensorial, y en este caso la percepción visual, desempeña un papel fundamental en el proceso de desarrollo del cerebro, ya que determina la forma que van a tener muchas de las neuronas de la corteza cerebral.

sábado, 30 de abril de 2011

13 dobleces: nuevo récord del mundo en plegado de papel de punta a punta



Se ha batido el récord de doblar un papel de punta a punta, con 13 dobleces. Más apropiadamente deberíamos decir que el récord anterior ha sido doblegado: quedó marcado allá por 2002 con un total de 12 dobleces y lo tenía en su posesión Britney Gallivan.

Los estudiantes que lo han logrado usaron un rollo de papel higiénico construido especialmente para la ocasión, de 3,9 kilómetros de longitud. Debido al poder de las potencias, que hace crecer los números de forma difícil de imaginar, un doblez produce 2 capas, y luego 2 producen 4, 3 producen 8, 4 producen 16 y así sucesivamente.

Las magnitudes finales son cuando menos sorprendentes: 13 dobleces suponen 8.192 capas de papel superpuestas, que incluso para grosores mínimos hacen complicada la proeza: imagina 16 tacos de 500 hojas de papel de impresora uno encima del otro, tal vez algo menos si el papel es más fino. Toda la operación se vuelve más enrevesada aún si cabe debido a las curvaturas laterales del plegado, que alcanzan tamaños nada despreciables.

La altura total de las 8.192 capas es de más o menos un metro, como puede verse en el vídeo. Los estudiantes de la escuela St. Mark llevaron a cabo la proeza en el mejor de los lugares probablemente imaginables: el legendario pasillo infinito del edificio del M.I.T. (Donde ∞ resulta ser más o menos 250 metros ;-)

13 dobleces: nuevo récord del mundo en plegado de papel de punta a punta



Se ha batido el récord de doblar un papel de punta a punta, con 13 dobleces. Más apropiadamente deberíamos decir que el récord anterior ha sido doblegado: quedó marcado allá por 2002 con un total de 12 dobleces y lo tenía en su posesión Britney Gallivan.

Los estudiantes que lo han logrado usaron un rollo de papel higiénico construido especialmente para la ocasión, de 3,9 kilómetros de longitud. Debido al poder de las potencias, que hace crecer los números de forma difícil de imaginar, un doblez produce 2 capas, y luego 2 producen 4, 3 producen 8, 4 producen 16 y así sucesivamente.

Las magnitudes finales son cuando menos sorprendentes: 13 dobleces suponen 8.192 capas de papel superpuestas, que incluso para grosores mínimos hacen complicada la proeza: imagina 16 tacos de 500 hojas de papel de impresora uno encima del otro, tal vez algo menos si el papel es más fino. Toda la operación se vuelve más enrevesada aún si cabe debido a las curvaturas laterales del plegado, que alcanzan tamaños nada despreciables.

La altura total de las 8.192 capas es de más o menos un metro, como puede verse en el vídeo. Los estudiantes de la escuela St. Mark llevaron a cabo la proeza en el mejor de los lugares probablemente imaginables: el legendario pasillo infinito del edificio del M.I.T. (Donde ∞ resulta ser más o menos 250 metros ;-)
BBC Horizon: ¿Qué es la realidad?



¿What is Reality? es un programa de Horizon emitido por la BBC a principios de este año, que explora algunas ideas relacionadas con el concepto de realidad. Aparecen en él un montón de físicos, que en breves entrevistas intentan explicar algo tan aparentemente cercano pero a la vez elusivo como «qué es la realidad», algo que sigue trayendo de cabeza a filósofos y hombres de ciencia desde tiempos inmemoriales.

Entre los lugares de lujo visitados durante el documental están el CERN, el LHC, el MIT y el Fermilab, y entre los protagonistas están Lloyd del MIT, Zeilinger, Konisberg, Susskind, Tegmark y otros. En los casi 60 minutos de duración se tratan un montón de ideas, tanto las más clásicas como otras rozando Matrix como el universo holográfico, los ordenadores cuánticos, la teoría de la información y su relación con la mecánica cuántica y muchos más.

What is Reality? está por ahí dando vueltas por los sitios habituales de torrents, también en YouTube, en diversas versiones troceadas (o al completo), algunas con subtítulos en español, otras sin ellos. [Y por alguna extraña razón toda la web de la BBC está caída o dando problemas estos días, y en la IMDB no hay referencias, así que no hay muchos más datos al respecto.]
BBC Horizon: ¿Qué es la realidad?



¿What is Reality? es un programa de Horizon emitido por la BBC a principios de este año, que explora algunas ideas relacionadas con el concepto de realidad. Aparecen en él un montón de físicos, que en breves entrevistas intentan explicar algo tan aparentemente cercano pero a la vez elusivo como «qué es la realidad», algo que sigue trayendo de cabeza a filósofos y hombres de ciencia desde tiempos inmemoriales.

Entre los lugares de lujo visitados durante el documental están el CERN, el LHC, el MIT y el Fermilab, y entre los protagonistas están Lloyd del MIT, Zeilinger, Konisberg, Susskind, Tegmark y otros. En los casi 60 minutos de duración se tratan un montón de ideas, tanto las más clásicas como otras rozando Matrix como el universo holográfico, los ordenadores cuánticos, la teoría de la información y su relación con la mecánica cuántica y muchos más.

What is Reality? está por ahí dando vueltas por los sitios habituales de torrents, también en YouTube, en diversas versiones troceadas (o al completo), algunas con subtítulos en español, otras sin ellos. [Y por alguna extraña razón toda la web de la BBC está caída o dando problemas estos días, y en la IMDB no hay referencias, así que no hay muchos más datos al respecto.]

lunes, 25 de abril de 2011

El cerebro inventa el tiempo


"La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo", afirmó Burkhard Bilger, el autor.


Buena traducción de El Puerco Espin del artículo de Burkhard Bilger en la revista New Yorker:


Cuando David Eagleman tenía ocho años, cayó de un techo y siguió cayendo. O así le pareció (…) Desde entonces, Eagleman ha recopilado cientos de historias como la suya, y casi todas comparten la misma característica: en situaciones de vida o muerte, el tiempo parece aletargarse. Recuerda la sensación claramente, dice. Su cuerpo se precipita hacia adelante mientras el papel de alquitrán se quiebra bajo sus pies. Sus manos se estiran hacia el borde, pero está fuera de alcance. El piso de ladrillos flota allá arriba –unos clavos brillantes están desparramados encima–, mientras su cuerpo gira sin peso sobre el suelo. Es un momento de calma absoluta y espantosa agudeza mental. Pero lo que recuerda mejor es la idea que le llegó en medio de la caída: así se debe haber sentido Alicia cuando iba cayendo por el túnel del conejo.

Eagleman tiene ahora 39 años, y es profesor asistente de neurociencia en el Baylor College of Medicine, en Houston (…) Es un hombre obsesionado por el tiempo. Como director del laboratorio de Baylor, Eagleman ha pasado la última década rastreando los circuitos neuronales y psicológicos de los relojes biológicos del cerebro. Ha tenido la suerte de llegar a su campo de conocimiento al mismo tiempo que los escáners que usan resonancia y permiten a los científicos observar el trabajo del cerebro al pensar. Pero sus mejores resultados han llegado a menudo con alternativas creativas: videojuegos, ilusiones ópticas, desafíos físicos (…)

El cerebro es un cronómetro extraordinariamente capaz para muchos propósitos. Puede mantener la cuenta de segundos, minutos, días y semanas, enciende la alarma en la mañana, a la hora de dormir, en cumpleaños y aniversarios. La conciencia del tiempo es tan esencial para nuestra supervivencia que puede que sea el mejor calibrado de nuestros sentidos. En pruebas de laboratorio, la gente puede distinguir entre sonidos separados por tan poco como 5 milisegundos, y nuestro registro involuntario del tiempo es aún más rápido. Si uno camina por la jungla y un tigre ruge en medio de la maleza, el cerebro procesará el sonido instantáneamente comparando cuándo llegó a cada uno de los oídos y triangulando los 3 puntos. La diferencia puede ser tan pequeña como 9 millonésimas de segundo.

Sin embargo, “el tiempo cerebral”, como lo llama Eagleman, es intrínsecamente subjetivo. “Intente este ejercicio”, sugiere en un ensayo reciente. “Deje este libro y vaya a mirarse en el espejo. Ahora, mueva sus ojos de un lado a otro, de modo que se mire al ojo izquierdo, luego al derecho, luego al izquierdo de nuevo. Cuando sus ojos cambian de una posición a la otra, se toman su tiempo para moverse y aterrizar en la otra ubicación. Pero aquí está la cosa: uno nunca ve que los ojos se muevan”. No hay pruebas de ningún bache en la percepción –no hay tramos oscuros como pedazos de película en blanco–, y sin embargo mucho de lo que uno ve ha sido editado. El cerebro ha tomado la complicada escena de los ojos yendo y viniendo y la ha rearmado como una muy simple: los ojos miran derecho. ¿Adónde fueron los momentos perdidos?

La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo.

Sin embargo, la información rara vez refleja nuestra realidad. Los movimientos rápidos de los ojos en el espejo, conocidos como movimientos sacádicos, no son lo único que es eliminado por la edición. El sacudirse de la cámara de nuestra visión cotidiana es emprolijado de igual modo, y nuestros recuerdos son, a menudo, revisados en forma radical. ¿Qué más nos estamos perdiendo? (…)

Hace unos años, Eagleman volvió a pensar en su caída del techo y decidió que planteaba una pregunta interesante para la investigación. ¿Por qué el tiempo se vuelve más lento cuando tememos por nuestras vidas? ¿Nuestro cerebro mete un cambio por unos pocos segundos y percibe el mundo a media velocidad o hay algún otro mecanismo en funcionamiento? (…)

Eagleman remonta su investigación a los psicofísicos de Alemania a fines del siglo XIX, pero su verdadero antepasado puede ser el fisiólogo norteamericano Hudson Hoagland. A principios de los ’30, Hoagland propuso uno de los primeros modelos de cómo el cerebro lleva la cuenta del tiempo, basado, en parte, en el comportamiento de su esposa cuando tuvo fiebre. Ella se quejaba de que él había estado lejos demasiado tiempo, recordó él luego, cuando sólo se había ido por poco. Así que le propuso realizar un experimento: ella contaría 60 segundos mientras él lo medía con su reloj. No es difícil imaginar la molestia de ella ante la sugerencia o la suficiencia de él después: cuando el minuto de ella terminó, el reloj de él había contado 37 segundos. Hoagland repitió el experimento una y otra vez, presumiblemente pese a las objeciones de su mujer en el delirio (su fiebre subió por encima de los 40ºC).

El resultado fue uno de los gráficos clásicos de la literatura sobre la percepción del tiempo: cuanto más alta su temperatura, descubrió Hoagland, más corta su estimación del tiempo. Como un motor de carreras, su reloj mental iba más rápido cuanto más caliente.

Los psicólogos pasaron las siguientes décadas tratando de identificar este mecanismo. Trabajaron con ratones, ratas, peces, tortugas, gatos y palomas; luego pasaron a monos, niños y adultos con el cerebro dañado. Los sometieron a shocks eléctricos, los ataron a cascos calientes, los sumergieron en baños de agua y los irritaron sus sus clicks insistentes, esperando acelerar o aletargar sus relojes internos.

Hoagland creía que esta conciencia del tiempo era un “proceso químico unitario” ligado al metabolismo. Pero estudios posteriores sugirieron una mezcolanza de sistemas, cada uno dedicado a una escala de tiempo diferente –el equivalente cerebral de un dial, un reloj de arena y un reloj atómico. “La Madre Naturaleza es un chapista, no un ingeniero”, dice Eagleman. “No inventa algo y lo tacha de la lista. Todo son capas sobre capas, unas encima de otras, y eso le da una fortaleza tremenda”. El mal de Parkinson puede dañar nuestra capacidad para registrar intervalos de unos pocos segundos, por ejemplo, pero deja intacto el conteo de lapsos menores a un segundo.

Cuántos relojes contenemos no está claro todavía. Los más recientes trabajos de la neurociencia dan la imagen del cerebro como un ático victoriano, lleno de objetivos extraños, etiquetados en forma vaga, que hacen tic tac en cada rincón. El reloj circadiano, que lleva el registro del ciclo del día y la noche, acecha en el núcleo supraquiasmático, en el hipotálamo.

El cerebelo, que gobierna los movimientos musculares, puede controlar el registro del tiempo del orden de segundos o minutos. Los ganglios basales y varias partes del córtex han sido nominados como contadores de tiempo, aunque hay algunos desacuerdos sobre los detalles.

El modelo estándar, propuesto por el fallecido psicólogo de Columbia, John Gibbon, en los '70, sostiene que el cerebro tiene neuronas “marcapasos” que liberan pulsos firmes de neurotransmisores. Más recientemente, en Duke, el neurocientífico Warren Meck ha sugerido que el conteo del tiempo es gobernado por grupos de neuronas que oscilan en diferentes frecuencias.

En U.C.L.A., Dean Buonomano cree que hay áreas en todo el cerebro que funcionan como relojes, sus tejidos haciendo tick tack con redes neuronales que cambian según patrones predecibles. “Imagine un rascacielos de noche”, me dijo. “Alguna gente del piso superior trabaja hasta medianoche, mientras que los del piso inferior se pueden ir a la cama temprano. Si uno estudia el patrón lo suficiente, puede indicar qué hora es sólo mirando qué luces están encendidas”.

El tiempo es no es como otros sentidos, dice Eagleman.

La vista, el olfato, el tacto, el gusto y el oído son relativamente fáciles de aislar en el cerebro. Tienen funciones discretas que rara vez se superponen: es difícil describir el gusto de un sonido, el color de un olor o el aroma de un sentimiento (a menos, por supuesto, que uno tenga sinestesia –otra de las obsesiones de Eagleman). Pero un sentido del tiempo está enhebrado en todo lo que percibimos. Está en el largo de una canción, en la persistencia de un aroma, el resplandor de un bulbo luminoso. “Siempre hay un impulso hacia la frenología en la neurociencia –hacia decir: ‘Aquí está el lugar donde ocurre’”, me dijo Eagleman. “Pero lo interesante acerca del tiempo es que no hay un lugar. Es una propiedad distribuida. Es una metasensorialidad: cabalga sobre todas las demás”.

El misterio real es cómo está todo coordinado. Cuando uno mira un partido de pelota o muerde un hot dog, los sentidos están en perfecta sincronía: miran y escuchan, tocan y gustan la misma cosa al mismo tiempo.

Sin embargo, operan en velocidades fundamentalmente diferentes, con diferentes aportes. El sonido viaja más lentamente que la luz, y los olores y gustos más lentamente todavía. Aún si las señales llegaran al cerebro al mismo tiempo, serían procesadas a diferente velocidad. La razón de que una carrera de 100 metros comience con un disparo de pistola en lugar de con una explosión de luz, señaló Eagleaman, es que el cuerpo reacciona mucho más rápidamente al sonido. Nuestros oídos y córtex auditivo pueden procesar una señal 40 milisegundos más rápido que nuestros ojos y córtex visual –más que compensando la velocidad de la luz. Es otro vestigio, quizás, de nuestros días en la jungla, cuando oíamos a un tigre mucho antes de verlo.

En el ensayo de Eagleman “Brain Time” (Tiempo cerebral), publicado en la antología de 2009 “What’s Next? Dispatches on the Future of Science” (“¿Qué viene? Despacho sobre el futuro de la Ciencia”, toma prestado un concepto de “Ciudades Invisibles” de Italo Calvino. El cerebro, escribe, es como Kublai Khan, el gran emperador mongol del siglo XIII. Se sienta en el trono del cráneo, “encerrado en silencio y oscuridad”, en un altivo refugio de la brutal realidad. Los mensajeros llegan en torrentes desde cada rincón del reino sensorial, trayendo noticias de vistas, sonidos y olores distantes. Sus informes llegan a diferentes ritmos, a menudo largamente desactualizados, y sin embargo los detalles son cosidos juntos en una cronología sin costuras a la vista. La diferencia es que Kublai Khan estaba recomponiendo el pasado. El cerebro está describiendo el presente –procesando resmas de datos inconexos al vuelo, editando todo en un ahora instantáneo. ¿Cómo lo logra? (…)

En un trabajo publicado en Science en 2000, por ejemplo, Eagleman señaló una ilusión óptica conocida como el efecto de flash-lag. La ilusión puede asumir muchas formas, pero en la versión de Eagleman consiste de un punto blanco que aparece en una pantalla mientras un círculo verde pasa por ella. Para determinar dónde el punto tocará el círculo, descubrió Eagleman, la mente de los sujetos tenía que viajar atrás y adelante en el tiempo. Veían resplandecer el punto, luego miraban el movimiento del círculo y calculaban su trayectoria, luego volvían y ubicaban el punto en el círculo. No era una cuestión de predecir, escribió, sino de post-decir.

Algo similar ocurre en el lenguaje todo el tiempo, me contó Dean Buonomano. Si alguien dice: “El ratón (mouse) sobre el escritorio está roto”, la mente de uno convoca una imagen diferente que si uno oye “el ratón (mouse) sobre el escritorio está comiendo queso”. El cerebro de uno registra la palabra “mouse”, espera por su contexto y sólo después regresa para visualizarla. Pero el lenguaje deja tiempo para pensarlo dos veces. El efecto flash-lag parece instantáneo. Es como si la palabra “mouse” (ratón) fuera cambiada por “track pad” antes, incluso, de haberla oído.

La explanación para esto es, a la vez, simple y profundamente extraña. Eagleman primero la describió cuando veníamos de Houston (…) “Imagine que hay un accidente en la autopista, más adelante”, comenzó. ”Uno de estos autos se estrella contra ese puente”. Si el choque ocurriera 100 yardas más allá, veríamos el auto dar contra el puente en silencio. Al sonido, como al retumbar de un trueno, le tomaría un momento llegar hasta nosotros. Cuando más cerca el impacto, más corta la demora, pero sólo hasta cierto punto: a 110 pies, la visión y el sonido se unirían súbitamente. Bajo ese umbral, explicó Eagleman, las señales llegan al cerebro a 100 milisegundos una de otra, y cualquier diferencia en su procesamiento es borrada. En los primeros días de la televisión, me apuntó Eagleman, las estaciones advirtieron un fenómeno similar. Los ingenieros se metieron en un montón de problemas para sincronizar sonido e imagen, pero pronto se volvió claro que ese perfeccionismo era inútil. En tanto el lapso de diferencia fuera inferior a cien milisegundos, nadie lo notaba.

El margen de error es sorprendentemente amplio. Si el cerebro puede distinguir sonidos tan poco distantes como cinco milisegundos, ¿por qué no advertimos una demora veinte veces más larga? Una posible respuesta comenzó a emerger a fines de los '50, en el trabajo de Benjamin Libet, un fisiólogo de la University of California, en San Francisco. Libet trabajaba con pacientes de un hospital local que habían sido internados para cirugía neurológica y a quienes se había perforado el cráneo para exponer su córtex.

En un experimento, usó un electrodo para someter a un shock el tejido cerebral con pulsos eléctricos. El córtex está conectado directamente con la piel y varias partes del cuerpo, de modo que los sujetos sentían un cosquilleo en el área correspondiente. Pero no enseguida: el shock no era registrado durante medio segundo –una eternidad en tiempo cerebral. “Las implicaciones son muy sorprendentes”, escribió luego Libet. "No somos conscientes del verdadero presente. Llegamos siempre un poco tarde”.

Los hallazgos de Libet han sido difíciles de replicar (hacer zapping en el cerebro expuesto de un paciente no se ve bien en estos días) y aún son materia de controversia. Pero para Eagleman tienen mucho sentido. Como Kublai Khan, dice, el cerebro necesita tiempo para acomodar la historia. Reúne toda la evidencia de nuestros sentidos y sólo entonces nos la revela. En cierto sentido, es una idea profundamente contraintuitiva. Toquen una brasa con los dedos o pínchense con una aguja y el dolor es inmediato. Lo sienten ahora –no en medio segundo. Pero percepción y realidad están a menudo un poco fuera de registro, como mostraba el experimento de movimientos sacádicos. Si todos nuestros sentidos están ligeramente demorados, no tenemos contexto según el cual medir una determinada demora. La realidad es la transmisión demorada de una grabación, cuidadosamente censurada antes de que nos llegue.

“Vivir en el pasado puede parecer una desventaja, pero es un costo que el cerebro está dispuesto a pagar”, dijo Eagleman. “Está tratando de componer la mejor historia posible acerca de lo que ocurre en el mundo, y eso toma tiempo”.

El tacto es el más lento de los sentidos, dado que la señal tiene que atravesar la columna desde tan lejos como el pulgar del pie. Esto podría significar que la demora general está en función del tamaño del cuerpo: los elefantes pueden vivir un poco más en el pasado que los colibríes, y los humanos están en algún punto del medio entre ambos. Cuanto más pequeño es uno, más vive en el momento presente (Eagleman sospecha que la velocidad de un llamado de celo de un animal –desde el piar de un herrerillo al canto de la ballena jorobada—es representativo de su sentido del tiempo). “Mencioné alguna vez esto en una entrevista con National Public Radio y fui inundado por e-mails de gente pequeña”, contó Eagleman. “Estaban tan complacidos. Por un día, fui el héroe de la gente pequeña” (…)

Una de las sedes de la emoción y la memoria en el cerebro es la amígdala, explicó. Cuando algo amenaza tu vida, esta área parece entrar en un super-funcionamiento, registrando hasta el último detalle de la experiencia. Cuanto más detallado el recuerdo, más largo parece el momento. “Esto explica por qué pensamos que el tiempo se acelera cuando nos hacemos más viejos”, indicó Eagleman —por qué los veranos de la niñez parecen no tener fin, mientras que la vejez pasa mientras estamos dormitando. Cuando más familiar se vuelve el mundo, menos información registra el cerebro, y más rápido parece pasar el tiempo (…)

“Recibí e-mails de paracaidistas y policías y conductores de autos veloces, gente que pasó por accidentes de motocicleta o de auto”. Una carta era de un ex curador de un museo que había tirado accidentalmente una vasija Ming. “Contó que a la cosa le tomó una puta eternidad caer de una vez”, contó Eagleman.

En los años por venir, planea estudiar las historias –unas doscientas hasta ahora–, regresando a sus autores con un cuestionario. Mientras tanto, es fácil encontrar hilos comunes –no sólo la sensación de que el tiempo se vuelve más lento, sino la extraña calma y el toque de irrealidad que recuerda de su propia caída en la infancia. En una historia, un hombre es arrojado de su motocicleta después de chocar contra un auto. Mientras se desliza por el camino, quizás hacia su muerte, oye cómo rebota su casco contra el asfalto. El sonido tiene un ritmo pegadizo, piensa, y se descubre componiendo una cancioncita en su cabeza (…)

El cerebro inventa el tiempo


"La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo", afirmó Burkhard Bilger, el autor.


Buena traducción de El Puerco Espin del artículo de Burkhard Bilger en la revista New Yorker:


Cuando David Eagleman tenía ocho años, cayó de un techo y siguió cayendo. O así le pareció (…) Desde entonces, Eagleman ha recopilado cientos de historias como la suya, y casi todas comparten la misma característica: en situaciones de vida o muerte, el tiempo parece aletargarse. Recuerda la sensación claramente, dice. Su cuerpo se precipita hacia adelante mientras el papel de alquitrán se quiebra bajo sus pies. Sus manos se estiran hacia el borde, pero está fuera de alcance. El piso de ladrillos flota allá arriba –unos clavos brillantes están desparramados encima–, mientras su cuerpo gira sin peso sobre el suelo. Es un momento de calma absoluta y espantosa agudeza mental. Pero lo que recuerda mejor es la idea que le llegó en medio de la caída: así se debe haber sentido Alicia cuando iba cayendo por el túnel del conejo.

Eagleman tiene ahora 39 años, y es profesor asistente de neurociencia en el Baylor College of Medicine, en Houston (…) Es un hombre obsesionado por el tiempo. Como director del laboratorio de Baylor, Eagleman ha pasado la última década rastreando los circuitos neuronales y psicológicos de los relojes biológicos del cerebro. Ha tenido la suerte de llegar a su campo de conocimiento al mismo tiempo que los escáners que usan resonancia y permiten a los científicos observar el trabajo del cerebro al pensar. Pero sus mejores resultados han llegado a menudo con alternativas creativas: videojuegos, ilusiones ópticas, desafíos físicos (…)

El cerebro es un cronómetro extraordinariamente capaz para muchos propósitos. Puede mantener la cuenta de segundos, minutos, días y semanas, enciende la alarma en la mañana, a la hora de dormir, en cumpleaños y aniversarios. La conciencia del tiempo es tan esencial para nuestra supervivencia que puede que sea el mejor calibrado de nuestros sentidos. En pruebas de laboratorio, la gente puede distinguir entre sonidos separados por tan poco como 5 milisegundos, y nuestro registro involuntario del tiempo es aún más rápido. Si uno camina por la jungla y un tigre ruge en medio de la maleza, el cerebro procesará el sonido instantáneamente comparando cuándo llegó a cada uno de los oídos y triangulando los 3 puntos. La diferencia puede ser tan pequeña como 9 millonésimas de segundo.

Sin embargo, “el tiempo cerebral”, como lo llama Eagleman, es intrínsecamente subjetivo. “Intente este ejercicio”, sugiere en un ensayo reciente. “Deje este libro y vaya a mirarse en el espejo. Ahora, mueva sus ojos de un lado a otro, de modo que se mire al ojo izquierdo, luego al derecho, luego al izquierdo de nuevo. Cuando sus ojos cambian de una posición a la otra, se toman su tiempo para moverse y aterrizar en la otra ubicación. Pero aquí está la cosa: uno nunca ve que los ojos se muevan”. No hay pruebas de ningún bache en la percepción –no hay tramos oscuros como pedazos de película en blanco–, y sin embargo mucho de lo que uno ve ha sido editado. El cerebro ha tomado la complicada escena de los ojos yendo y viniendo y la ha rearmado como una muy simple: los ojos miran derecho. ¿Adónde fueron los momentos perdidos?

La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo.

Sin embargo, la información rara vez refleja nuestra realidad. Los movimientos rápidos de los ojos en el espejo, conocidos como movimientos sacádicos, no son lo único que es eliminado por la edición. El sacudirse de la cámara de nuestra visión cotidiana es emprolijado de igual modo, y nuestros recuerdos son, a menudo, revisados en forma radical. ¿Qué más nos estamos perdiendo? (…)

Hace unos años, Eagleman volvió a pensar en su caída del techo y decidió que planteaba una pregunta interesante para la investigación. ¿Por qué el tiempo se vuelve más lento cuando tememos por nuestras vidas? ¿Nuestro cerebro mete un cambio por unos pocos segundos y percibe el mundo a media velocidad o hay algún otro mecanismo en funcionamiento? (…)

Eagleman remonta su investigación a los psicofísicos de Alemania a fines del siglo XIX, pero su verdadero antepasado puede ser el fisiólogo norteamericano Hudson Hoagland. A principios de los ’30, Hoagland propuso uno de los primeros modelos de cómo el cerebro lleva la cuenta del tiempo, basado, en parte, en el comportamiento de su esposa cuando tuvo fiebre. Ella se quejaba de que él había estado lejos demasiado tiempo, recordó él luego, cuando sólo se había ido por poco. Así que le propuso realizar un experimento: ella contaría 60 segundos mientras él lo medía con su reloj. No es difícil imaginar la molestia de ella ante la sugerencia o la suficiencia de él después: cuando el minuto de ella terminó, el reloj de él había contado 37 segundos. Hoagland repitió el experimento una y otra vez, presumiblemente pese a las objeciones de su mujer en el delirio (su fiebre subió por encima de los 40ºC).

El resultado fue uno de los gráficos clásicos de la literatura sobre la percepción del tiempo: cuanto más alta su temperatura, descubrió Hoagland, más corta su estimación del tiempo. Como un motor de carreras, su reloj mental iba más rápido cuanto más caliente.

Los psicólogos pasaron las siguientes décadas tratando de identificar este mecanismo. Trabajaron con ratones, ratas, peces, tortugas, gatos y palomas; luego pasaron a monos, niños y adultos con el cerebro dañado. Los sometieron a shocks eléctricos, los ataron a cascos calientes, los sumergieron en baños de agua y los irritaron sus sus clicks insistentes, esperando acelerar o aletargar sus relojes internos.

Hoagland creía que esta conciencia del tiempo era un “proceso químico unitario” ligado al metabolismo. Pero estudios posteriores sugirieron una mezcolanza de sistemas, cada uno dedicado a una escala de tiempo diferente –el equivalente cerebral de un dial, un reloj de arena y un reloj atómico. “La Madre Naturaleza es un chapista, no un ingeniero”, dice Eagleman. “No inventa algo y lo tacha de la lista. Todo son capas sobre capas, unas encima de otras, y eso le da una fortaleza tremenda”. El mal de Parkinson puede dañar nuestra capacidad para registrar intervalos de unos pocos segundos, por ejemplo, pero deja intacto el conteo de lapsos menores a un segundo.

Cuántos relojes contenemos no está claro todavía. Los más recientes trabajos de la neurociencia dan la imagen del cerebro como un ático victoriano, lleno de objetivos extraños, etiquetados en forma vaga, que hacen tic tac en cada rincón. El reloj circadiano, que lleva el registro del ciclo del día y la noche, acecha en el núcleo supraquiasmático, en el hipotálamo.

El cerebelo, que gobierna los movimientos musculares, puede controlar el registro del tiempo del orden de segundos o minutos. Los ganglios basales y varias partes del córtex han sido nominados como contadores de tiempo, aunque hay algunos desacuerdos sobre los detalles.

El modelo estándar, propuesto por el fallecido psicólogo de Columbia, John Gibbon, en los '70, sostiene que el cerebro tiene neuronas “marcapasos” que liberan pulsos firmes de neurotransmisores. Más recientemente, en Duke, el neurocientífico Warren Meck ha sugerido que el conteo del tiempo es gobernado por grupos de neuronas que oscilan en diferentes frecuencias.

En U.C.L.A., Dean Buonomano cree que hay áreas en todo el cerebro que funcionan como relojes, sus tejidos haciendo tick tack con redes neuronales que cambian según patrones predecibles. “Imagine un rascacielos de noche”, me dijo. “Alguna gente del piso superior trabaja hasta medianoche, mientras que los del piso inferior se pueden ir a la cama temprano. Si uno estudia el patrón lo suficiente, puede indicar qué hora es sólo mirando qué luces están encendidas”.

El tiempo es no es como otros sentidos, dice Eagleman.

La vista, el olfato, el tacto, el gusto y el oído son relativamente fáciles de aislar en el cerebro. Tienen funciones discretas que rara vez se superponen: es difícil describir el gusto de un sonido, el color de un olor o el aroma de un sentimiento (a menos, por supuesto, que uno tenga sinestesia –otra de las obsesiones de Eagleman). Pero un sentido del tiempo está enhebrado en todo lo que percibimos. Está en el largo de una canción, en la persistencia de un aroma, el resplandor de un bulbo luminoso. “Siempre hay un impulso hacia la frenología en la neurociencia –hacia decir: ‘Aquí está el lugar donde ocurre’”, me dijo Eagleman. “Pero lo interesante acerca del tiempo es que no hay un lugar. Es una propiedad distribuida. Es una metasensorialidad: cabalga sobre todas las demás”.

El misterio real es cómo está todo coordinado. Cuando uno mira un partido de pelota o muerde un hot dog, los sentidos están en perfecta sincronía: miran y escuchan, tocan y gustan la misma cosa al mismo tiempo.

Sin embargo, operan en velocidades fundamentalmente diferentes, con diferentes aportes. El sonido viaja más lentamente que la luz, y los olores y gustos más lentamente todavía. Aún si las señales llegaran al cerebro al mismo tiempo, serían procesadas a diferente velocidad. La razón de que una carrera de 100 metros comience con un disparo de pistola en lugar de con una explosión de luz, señaló Eagleaman, es que el cuerpo reacciona mucho más rápidamente al sonido. Nuestros oídos y córtex auditivo pueden procesar una señal 40 milisegundos más rápido que nuestros ojos y córtex visual –más que compensando la velocidad de la luz. Es otro vestigio, quizás, de nuestros días en la jungla, cuando oíamos a un tigre mucho antes de verlo.

En el ensayo de Eagleman “Brain Time” (Tiempo cerebral), publicado en la antología de 2009 “What’s Next? Dispatches on the Future of Science” (“¿Qué viene? Despacho sobre el futuro de la Ciencia”, toma prestado un concepto de “Ciudades Invisibles” de Italo Calvino. El cerebro, escribe, es como Kublai Khan, el gran emperador mongol del siglo XIII. Se sienta en el trono del cráneo, “encerrado en silencio y oscuridad”, en un altivo refugio de la brutal realidad. Los mensajeros llegan en torrentes desde cada rincón del reino sensorial, trayendo noticias de vistas, sonidos y olores distantes. Sus informes llegan a diferentes ritmos, a menudo largamente desactualizados, y sin embargo los detalles son cosidos juntos en una cronología sin costuras a la vista. La diferencia es que Kublai Khan estaba recomponiendo el pasado. El cerebro está describiendo el presente –procesando resmas de datos inconexos al vuelo, editando todo en un ahora instantáneo. ¿Cómo lo logra? (…)

En un trabajo publicado en Science en 2000, por ejemplo, Eagleman señaló una ilusión óptica conocida como el efecto de flash-lag. La ilusión puede asumir muchas formas, pero en la versión de Eagleman consiste de un punto blanco que aparece en una pantalla mientras un círculo verde pasa por ella. Para determinar dónde el punto tocará el círculo, descubrió Eagleman, la mente de los sujetos tenía que viajar atrás y adelante en el tiempo. Veían resplandecer el punto, luego miraban el movimiento del círculo y calculaban su trayectoria, luego volvían y ubicaban el punto en el círculo. No era una cuestión de predecir, escribió, sino de post-decir.

Algo similar ocurre en el lenguaje todo el tiempo, me contó Dean Buonomano. Si alguien dice: “El ratón (mouse) sobre el escritorio está roto”, la mente de uno convoca una imagen diferente que si uno oye “el ratón (mouse) sobre el escritorio está comiendo queso”. El cerebro de uno registra la palabra “mouse”, espera por su contexto y sólo después regresa para visualizarla. Pero el lenguaje deja tiempo para pensarlo dos veces. El efecto flash-lag parece instantáneo. Es como si la palabra “mouse” (ratón) fuera cambiada por “track pad” antes, incluso, de haberla oído.

La explanación para esto es, a la vez, simple y profundamente extraña. Eagleman primero la describió cuando veníamos de Houston (…) “Imagine que hay un accidente en la autopista, más adelante”, comenzó. ”Uno de estos autos se estrella contra ese puente”. Si el choque ocurriera 100 yardas más allá, veríamos el auto dar contra el puente en silencio. Al sonido, como al retumbar de un trueno, le tomaría un momento llegar hasta nosotros. Cuando más cerca el impacto, más corta la demora, pero sólo hasta cierto punto: a 110 pies, la visión y el sonido se unirían súbitamente. Bajo ese umbral, explicó Eagleman, las señales llegan al cerebro a 100 milisegundos una de otra, y cualquier diferencia en su procesamiento es borrada. En los primeros días de la televisión, me apuntó Eagleman, las estaciones advirtieron un fenómeno similar. Los ingenieros se metieron en un montón de problemas para sincronizar sonido e imagen, pero pronto se volvió claro que ese perfeccionismo era inútil. En tanto el lapso de diferencia fuera inferior a cien milisegundos, nadie lo notaba.

El margen de error es sorprendentemente amplio. Si el cerebro puede distinguir sonidos tan poco distantes como cinco milisegundos, ¿por qué no advertimos una demora veinte veces más larga? Una posible respuesta comenzó a emerger a fines de los '50, en el trabajo de Benjamin Libet, un fisiólogo de la University of California, en San Francisco. Libet trabajaba con pacientes de un hospital local que habían sido internados para cirugía neurológica y a quienes se había perforado el cráneo para exponer su córtex.

En un experimento, usó un electrodo para someter a un shock el tejido cerebral con pulsos eléctricos. El córtex está conectado directamente con la piel y varias partes del cuerpo, de modo que los sujetos sentían un cosquilleo en el área correspondiente. Pero no enseguida: el shock no era registrado durante medio segundo –una eternidad en tiempo cerebral. “Las implicaciones son muy sorprendentes”, escribió luego Libet. "No somos conscientes del verdadero presente. Llegamos siempre un poco tarde”.

Los hallazgos de Libet han sido difíciles de replicar (hacer zapping en el cerebro expuesto de un paciente no se ve bien en estos días) y aún son materia de controversia. Pero para Eagleman tienen mucho sentido. Como Kublai Khan, dice, el cerebro necesita tiempo para acomodar la historia. Reúne toda la evidencia de nuestros sentidos y sólo entonces nos la revela. En cierto sentido, es una idea profundamente contraintuitiva. Toquen una brasa con los dedos o pínchense con una aguja y el dolor es inmediato. Lo sienten ahora –no en medio segundo. Pero percepción y realidad están a menudo un poco fuera de registro, como mostraba el experimento de movimientos sacádicos. Si todos nuestros sentidos están ligeramente demorados, no tenemos contexto según el cual medir una determinada demora. La realidad es la transmisión demorada de una grabación, cuidadosamente censurada antes de que nos llegue.

“Vivir en el pasado puede parecer una desventaja, pero es un costo que el cerebro está dispuesto a pagar”, dijo Eagleman. “Está tratando de componer la mejor historia posible acerca de lo que ocurre en el mundo, y eso toma tiempo”.

El tacto es el más lento de los sentidos, dado que la señal tiene que atravesar la columna desde tan lejos como el pulgar del pie. Esto podría significar que la demora general está en función del tamaño del cuerpo: los elefantes pueden vivir un poco más en el pasado que los colibríes, y los humanos están en algún punto del medio entre ambos. Cuanto más pequeño es uno, más vive en el momento presente (Eagleman sospecha que la velocidad de un llamado de celo de un animal –desde el piar de un herrerillo al canto de la ballena jorobada—es representativo de su sentido del tiempo). “Mencioné alguna vez esto en una entrevista con National Public Radio y fui inundado por e-mails de gente pequeña”, contó Eagleman. “Estaban tan complacidos. Por un día, fui el héroe de la gente pequeña” (…)

Una de las sedes de la emoción y la memoria en el cerebro es la amígdala, explicó. Cuando algo amenaza tu vida, esta área parece entrar en un super-funcionamiento, registrando hasta el último detalle de la experiencia. Cuanto más detallado el recuerdo, más largo parece el momento. “Esto explica por qué pensamos que el tiempo se acelera cuando nos hacemos más viejos”, indicó Eagleman —por qué los veranos de la niñez parecen no tener fin, mientras que la vejez pasa mientras estamos dormitando. Cuando más familiar se vuelve el mundo, menos información registra el cerebro, y más rápido parece pasar el tiempo (…)

“Recibí e-mails de paracaidistas y policías y conductores de autos veloces, gente que pasó por accidentes de motocicleta o de auto”. Una carta era de un ex curador de un museo que había tirado accidentalmente una vasija Ming. “Contó que a la cosa le tomó una puta eternidad caer de una vez”, contó Eagleman.

En los años por venir, planea estudiar las historias –unas doscientas hasta ahora–, regresando a sus autores con un cuestionario. Mientras tanto, es fácil encontrar hilos comunes –no sólo la sensación de que el tiempo se vuelve más lento, sino la extraña calma y el toque de irrealidad que recuerda de su propia caída en la infancia. En una historia, un hombre es arrojado de su motocicleta después de chocar contra un auto. Mientras se desliza por el camino, quizás hacia su muerte, oye cómo rebota su casco contra el asfalto. El sonido tiene un ritmo pegadizo, piensa, y se descubre componiendo una cancioncita en su cabeza (…)

martes, 19 de abril de 2011

Las mujeres sienten sus emociones con mayor intensidad que los hombres cuando tienen un conflicto con su pareja

  • Una investigación realizada en la UGR analiza el tipo de emociones interpersonales que hombres y mujeres experimentan ante distintas situaciones conflictivas de pareja, y el efecto de las emociones en la frecuencia de los conflictos
  • En el trabajo participaron 142 estudiantes (75 mujeres y 67 hombres), a quienes se les presentaron 5 situaciones conflictivas diferentes
Las mujeres sienten sus emociones con mayor intensidad que los hombres cuando tienen un conflicto con su pareja, mientras que los varones, que expresan en mayor medida “emociones poderosas” como la furia o el desprecio, provocan por ello estos conflictos con más frecuencia.
Así lo confirma un artículo publicado en la revista “Intervención Psicosocial” por los profesores del departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada Inmaculada Valor Segura, Francisca Expósito y Miguel Moya. Este trabajo ha analizado el tipo de emociones interpersonales que hombres y mujeres experimentan ante distintas situaciones conflictivas de pareja, y analizar el efecto de las emociones en la frecuencia de los conflictos.
En esta investigación participaron un total de 142 estudiantes (75 mujeres y 67 hombres) de la Universidad de Granada, a quienes se les presentaron 5 situaciones conflictivas diferentes. En general, los resultados mostraron diferencias de género en las emociones ante cada situación conflictiva.
Así, ante la situación “Si mi pareja hace algo para ofenderme o faltarme el respeto”, las mujeres indicaron sentir más tristeza, mientras que “si mi pareja me intimida físicamente durante una discusión”, las mujeres sentían más decepción que los hombres. En la situación “mi pareja me levanta la voz de manera repetitiva”, las mujeres sienten con mayor intensidad tristeza, mientras que los hombres experimentaron más culpa. Y ante la situación “si mi pareja manipula una discusión para llevar la razón”, las mujeres sienten más tristeza, y los hombres, vergüenza.
Emociones poderosas y no poderosas
Como apuntan los autores de esta investigación, a pesar de que a priori se podría esperar que los hombres expresaran más emociones dominantes o “poderosas” (como furia, enfado o desprecio) y las mujeres emociones menos poderosas o de sumisión (culpa, tristeza o miedo), los resultados han demostrado que las mujeres sienten con mayor intensidad tanto emociones poderosas como no poderosas.
A la luz de estos resultados, los investigadores de la UGR creen que “el contexto sociocultural y los roles de género asignados a los hombres y a las mujeres podrían estar desempeñando un papel fundamental en la forma en la que se generan expectativas diferentes para hombres y mujeres respecto a cuál debe ser su rol en la relación y en un conflicto con su pareja”. Y es que, de la misma manera que la sociedad establece una serie de normas respecto a cómo deben conformarse las relaciones entre hombres y mujeres, también establece normas respecto a cómo ambos deben responder ante situaciones de conflictos”.
Contacto: Francisca Expósito. Departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada. Teléfono: 958 24 62 77. Correo electrónico: fexposit@ugr.es

Las mujeres sienten sus emociones con mayor intensidad que los hombres cuando tienen un conflicto con su pareja

  • Una investigación realizada en la UGR analiza el tipo de emociones interpersonales que hombres y mujeres experimentan ante distintas situaciones conflictivas de pareja, y el efecto de las emociones en la frecuencia de los conflictos
  • En el trabajo participaron 142 estudiantes (75 mujeres y 67 hombres), a quienes se les presentaron 5 situaciones conflictivas diferentes
Las mujeres sienten sus emociones con mayor intensidad que los hombres cuando tienen un conflicto con su pareja, mientras que los varones, que expresan en mayor medida “emociones poderosas” como la furia o el desprecio, provocan por ello estos conflictos con más frecuencia.
Así lo confirma un artículo publicado en la revista “Intervención Psicosocial” por los profesores del departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada Inmaculada Valor Segura, Francisca Expósito y Miguel Moya. Este trabajo ha analizado el tipo de emociones interpersonales que hombres y mujeres experimentan ante distintas situaciones conflictivas de pareja, y analizar el efecto de las emociones en la frecuencia de los conflictos.
En esta investigación participaron un total de 142 estudiantes (75 mujeres y 67 hombres) de la Universidad de Granada, a quienes se les presentaron 5 situaciones conflictivas diferentes. En general, los resultados mostraron diferencias de género en las emociones ante cada situación conflictiva.
Así, ante la situación “Si mi pareja hace algo para ofenderme o faltarme el respeto”, las mujeres indicaron sentir más tristeza, mientras que “si mi pareja me intimida físicamente durante una discusión”, las mujeres sentían más decepción que los hombres. En la situación “mi pareja me levanta la voz de manera repetitiva”, las mujeres sienten con mayor intensidad tristeza, mientras que los hombres experimentaron más culpa. Y ante la situación “si mi pareja manipula una discusión para llevar la razón”, las mujeres sienten más tristeza, y los hombres, vergüenza.
Emociones poderosas y no poderosas
Como apuntan los autores de esta investigación, a pesar de que a priori se podría esperar que los hombres expresaran más emociones dominantes o “poderosas” (como furia, enfado o desprecio) y las mujeres emociones menos poderosas o de sumisión (culpa, tristeza o miedo), los resultados han demostrado que las mujeres sienten con mayor intensidad tanto emociones poderosas como no poderosas.
A la luz de estos resultados, los investigadores de la UGR creen que “el contexto sociocultural y los roles de género asignados a los hombres y a las mujeres podrían estar desempeñando un papel fundamental en la forma en la que se generan expectativas diferentes para hombres y mujeres respecto a cuál debe ser su rol en la relación y en un conflicto con su pareja”. Y es que, de la misma manera que la sociedad establece una serie de normas respecto a cómo deben conformarse las relaciones entre hombres y mujeres, también establece normas respecto a cómo ambos deben responder ante situaciones de conflictos”.
Contacto: Francisca Expósito. Departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada. Teléfono: 958 24 62 77. Correo electrónico: fexposit@ugr.es

lunes, 18 de abril de 2011

El lenguaje nació en África

El lenguaje nació en África

Un estudio de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) sugiere que el lenguaje, al igual que nuestra especie, se originó en África. Los investigadores han llevado a cabo un análisis del habla humana alrededor del mundo.


Los resultados del estudio sugieren que las aproximadamente 6.000 lenguasque existen hoy en el mundo descienden de un antepasado común en África. Foto: John Atherton.

"Nuestra investigación indica que las aproximadamente 6.000 lenguas que existen hoy en el mundo descienden de un antepasado común en África. Este resultado es muy importante porque representa que todas las lenguas comparten el mismo origen y valida la idea de un ser humano con 'lengua materna'", explica a SINC Quentin Atkinson, autor principal del estudio que publica Science.

El experto escogió como muestra los fonemas de 504 idiomas que se hablan actualmente, incluidos los indígenas del Pacífico y América, y se encontró con que los dialectos que contienen la mayoría de los fonemas se hablan en África, mientras que aquellos que tienen la menor cantidad se hablan en América del Sur y las islas tropicales en el Océano Pacífico.

Sus estimaciones afirman que el leguaje y los genes evolucionan de manera similar, por lo que los métodos y la teoría de la biología podría aplicarse a la lingüística y viceversa. Es decir, una vez que los humanos expandieron su ámbito geográfico desde África al resto del mundo, para colonizar otras regiones, la diversidad fonética se redujo y evolucionó junto con las poblaciones humanas migrantes.

"El denominado 'efecto fundador' que existe en genética de poblaciones se produce cuando una población pequeña se desprende de una población original grande para colonizar nuevos territorios y lleva consigo un subconjunto de diversidad de la población original. Es decir, que se produce un 'cuello de botella', y aunque se transmitiera una alta diversidad genética, es probable que se pierda en las poblaciones pequeñas. En este sentido, el mismo escenario se podría aplicar a los fonemas de las lenguas", detalla el experto.

Según la investigación, en general, las áreas del mundo que fueron colonizadas recientemente incorporan menos fonemas en las lenguas locales, mientras que las áreas que han sido sede de la vida humana durante miles de años (en particular el África subsahariana) todavía utilizan la mayoría de los fonemas.

"Este declive en el uso de los fonemas no se puede explicar por cambios demográficos u otros factores locales y, por lo tanto, son una evidencia clara de un origen africano de los idiomas humanos modernos", concluye el trabajo.

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Referencia bibliográfica:

Q.D. Atkinson, "Phonemic Diversity Supports Serial Founder Effect Model of Language Expansion from Africa”, Science, 14 de abril de 2011.

Fuente: SINC

El lenguaje nació en África

El lenguaje nació en África

Un estudio de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) sugiere que el lenguaje, al igual que nuestra especie, se originó en África. Los investigadores han llevado a cabo un análisis del habla humana alrededor del mundo.


Los resultados del estudio sugieren que las aproximadamente 6.000 lenguasque existen hoy en el mundo descienden de un antepasado común en África. Foto: John Atherton.

"Nuestra investigación indica que las aproximadamente 6.000 lenguas que existen hoy en el mundo descienden de un antepasado común en África. Este resultado es muy importante porque representa que todas las lenguas comparten el mismo origen y valida la idea de un ser humano con 'lengua materna'", explica a SINC Quentin Atkinson, autor principal del estudio que publica Science.

El experto escogió como muestra los fonemas de 504 idiomas que se hablan actualmente, incluidos los indígenas del Pacífico y América, y se encontró con que los dialectos que contienen la mayoría de los fonemas se hablan en África, mientras que aquellos que tienen la menor cantidad se hablan en América del Sur y las islas tropicales en el Océano Pacífico.

Sus estimaciones afirman que el leguaje y los genes evolucionan de manera similar, por lo que los métodos y la teoría de la biología podría aplicarse a la lingüística y viceversa. Es decir, una vez que los humanos expandieron su ámbito geográfico desde África al resto del mundo, para colonizar otras regiones, la diversidad fonética se redujo y evolucionó junto con las poblaciones humanas migrantes.

"El denominado 'efecto fundador' que existe en genética de poblaciones se produce cuando una población pequeña se desprende de una población original grande para colonizar nuevos territorios y lleva consigo un subconjunto de diversidad de la población original. Es decir, que se produce un 'cuello de botella', y aunque se transmitiera una alta diversidad genética, es probable que se pierda en las poblaciones pequeñas. En este sentido, el mismo escenario se podría aplicar a los fonemas de las lenguas", detalla el experto.

Según la investigación, en general, las áreas del mundo que fueron colonizadas recientemente incorporan menos fonemas en las lenguas locales, mientras que las áreas que han sido sede de la vida humana durante miles de años (en particular el África subsahariana) todavía utilizan la mayoría de los fonemas.

"Este declive en el uso de los fonemas no se puede explicar por cambios demográficos u otros factores locales y, por lo tanto, son una evidencia clara de un origen africano de los idiomas humanos modernos", concluye el trabajo.

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Referencia bibliográfica:

Q.D. Atkinson, "Phonemic Diversity Supports Serial Founder Effect Model of Language Expansion from Africa”, Science, 14 de abril de 2011.

Fuente: SINC

El cerebro tiene tres capas de memoria de trabajo

Los resultados de una reciente investigación respaldan la teoría de que el cerebro tiene tres capas concéntricas de memoria de trabajo en las que almacena datos de fácil acceso. Los científicos que estudian la memoria humana han debatido durante mucho tiempo si existen dos o tres capas y cuál es la capacidad y la función de cada una.

Los investigadores, de la Universidad Rice y del Instituto Tecnológico de Georgia, en Estados Unidos, han descubierto que la memoria de corto plazo se compone de tres áreas: un núcleo que se concentra en una sola cosa activa, un área circundante que mantiene al menos tres cosas activas, y una región más extensa que mantiene cosas inactivas que han sido "etiquetadas" para su recuperación posterior o retorno a la zona de más actividad. Pero el más importante de los hallazgos hechos en este estudio es que la región central tiene tres funciones, y no dos como habían propuesto anteriormente otros científicos. En primer lugar, este núcleo dirige la atención a la cuestión correcta. Después brinda el acceso a ella cuando vuelve a ser conveniente. Y, por último, la actualiza si es necesario.

Para identificar las tres capas distintas de la memoria, Chandramallika Basak de la Universidad Rice y Paul Verhaeghen del Instituto Tecnológico de Georgia, se valieron de tareas simples de memoria que les encargaron realizar a los sujetos de estudio. Basak y Verhaeghen también determinaron las funciones del núcleo mediante la estrategia de explorar el proceso de la alternancia de cosas en el foco de atención.

Lo descubierto ayuda a explicar el proceso por el que una persona puede realizar con eficiencia dos tareas al mismo tiempo, cuando al menos una de ellas es repetitiva y ya la conoce bien. Al realizar la misma secuencia de actos una y otra vez, la memoria puede automatizarse parcialmente, por lo que se adquiere la capacidad de hacer otra tarea simultáneamente.

Otra faceta del estudio ha revelado que el tercer nivel de la memoria (la región que contiene los datos inactivos) no sólo está separada de las otras dos áreas, de almacenamiento activo, sino que hay entre éstas y ella una especie de cortafuegos (en el sentido informático de la palabra). Gracias a ello, la cantidad de datos inactivos no influye en el tiempo de respuesta ni en la precisión al recordar los datos activos.

El cerebro tiene tres capas de memoria de trabajo

Los resultados de una reciente investigación respaldan la teoría de que el cerebro tiene tres capas concéntricas de memoria de trabajo en las que almacena datos de fácil acceso. Los científicos que estudian la memoria humana han debatido durante mucho tiempo si existen dos o tres capas y cuál es la capacidad y la función de cada una.

Los investigadores, de la Universidad Rice y del Instituto Tecnológico de Georgia, en Estados Unidos, han descubierto que la memoria de corto plazo se compone de tres áreas: un núcleo que se concentra en una sola cosa activa, un área circundante que mantiene al menos tres cosas activas, y una región más extensa que mantiene cosas inactivas que han sido "etiquetadas" para su recuperación posterior o retorno a la zona de más actividad. Pero el más importante de los hallazgos hechos en este estudio es que la región central tiene tres funciones, y no dos como habían propuesto anteriormente otros científicos. En primer lugar, este núcleo dirige la atención a la cuestión correcta. Después brinda el acceso a ella cuando vuelve a ser conveniente. Y, por último, la actualiza si es necesario.

Para identificar las tres capas distintas de la memoria, Chandramallika Basak de la Universidad Rice y Paul Verhaeghen del Instituto Tecnológico de Georgia, se valieron de tareas simples de memoria que les encargaron realizar a los sujetos de estudio. Basak y Verhaeghen también determinaron las funciones del núcleo mediante la estrategia de explorar el proceso de la alternancia de cosas en el foco de atención.

Lo descubierto ayuda a explicar el proceso por el que una persona puede realizar con eficiencia dos tareas al mismo tiempo, cuando al menos una de ellas es repetitiva y ya la conoce bien. Al realizar la misma secuencia de actos una y otra vez, la memoria puede automatizarse parcialmente, por lo que se adquiere la capacidad de hacer otra tarea simultáneamente.

Otra faceta del estudio ha revelado que el tercer nivel de la memoria (la región que contiene los datos inactivos) no sólo está separada de las otras dos áreas, de almacenamiento activo, sino que hay entre éstas y ella una especie de cortafuegos (en el sentido informático de la palabra). Gracias a ello, la cantidad de datos inactivos no influye en el tiempo de respuesta ni en la precisión al recordar los datos activos.

Despertar los sentidos ayuda a curar el Alzheimer

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Escrito por J.A.M./EFE   
Martes, 12 de Abril de 2011 15:43
ALZHEIMER_LEYENDO_RETOCADO Un grupo de investigadores del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Salamanca (USAL) ha constatado la eficacia de la terapia de estimulación sensorial en el tratamiento del Alzheimer, sobre todo auditiva y visual, por la que se "estimula el cerebro del enfermo" por medio de sonidos y de música.
El estudio forma parte de un programa de intervención en las áreas de funcionamiento psicológico del paciente, tales como cognitivo, neurológico, emocional, funcional y social, según ha afirmado Juan José García Meilán, del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Salamanca. La experiencia, que se ha llevado a cabo en el Centro de Referencia Estatal de Atención a Personas con Enfermedad de Alzheimer y otras Demencias (CREA), se ha desarrollado durante dos años en los que se ha trabajado con más de una treintena de pacientes de entre 60 y 80 años. "No estamos hablando de curar -ha apostillado el científico-, pero sí de intentar mantener a los enfermos con un nivel de activación alto para que tengan la mayor calidad de vida posible". Entre las terapias nuevas que se han desarrollado, ha mencionado la de "estimulación sensorial, sobre todo auditiva y visual", con la que se agudiza "el cerebro del anciano por medio de sonidos y de música". A ella se añade "la retroalimentación cerebral", que consiste en que "la persona va a mover una serie de elementos de un ordenador manteniendo la atención".
Música como recuerdo
El programa también abarca "el fomento de la estimulación aeróbica" con el objetivo, según el científico, de "oxigenar el cerebro del paciente para mantener su eficacia y compromiso cognitivo". Asimismo, se incluye la estimulación de la memoria autobiográfica por medio de pistas musicales con la que se pretende, según ha sostenido, "provocar al enfermo recuerdos a partir de música de diferentes tipos, ya sea triste o alegre".
El investigador ha destacado el carácter "gratuito" del programa, financiado por el CREA y que ya está disponible en la red, lo que facilitará que cualquier asociación y organización pueda utilizarlo". A partir de ahora, ha concluido, "se irán incorporando paulatinamente las publicaciones científicas que justifican los niveles terapéuticos del mismo, así como las novedades o actualizaciones del material".

Despertar los sentidos ayuda a curar el Alzheimer

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Escrito por J.A.M./EFE   
Martes, 12 de Abril de 2011 15:43
ALZHEIMER_LEYENDO_RETOCADO Un grupo de investigadores del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Salamanca (USAL) ha constatado la eficacia de la terapia de estimulación sensorial en el tratamiento del Alzheimer, sobre todo auditiva y visual, por la que se "estimula el cerebro del enfermo" por medio de sonidos y de música.
El estudio forma parte de un programa de intervención en las áreas de funcionamiento psicológico del paciente, tales como cognitivo, neurológico, emocional, funcional y social, según ha afirmado Juan José García Meilán, del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Salamanca. La experiencia, que se ha llevado a cabo en el Centro de Referencia Estatal de Atención a Personas con Enfermedad de Alzheimer y otras Demencias (CREA), se ha desarrollado durante dos años en los que se ha trabajado con más de una treintena de pacientes de entre 60 y 80 años. "No estamos hablando de curar -ha apostillado el científico-, pero sí de intentar mantener a los enfermos con un nivel de activación alto para que tengan la mayor calidad de vida posible". Entre las terapias nuevas que se han desarrollado, ha mencionado la de "estimulación sensorial, sobre todo auditiva y visual", con la que se agudiza "el cerebro del anciano por medio de sonidos y de música". A ella se añade "la retroalimentación cerebral", que consiste en que "la persona va a mover una serie de elementos de un ordenador manteniendo la atención".
Música como recuerdo
El programa también abarca "el fomento de la estimulación aeróbica" con el objetivo, según el científico, de "oxigenar el cerebro del paciente para mantener su eficacia y compromiso cognitivo". Asimismo, se incluye la estimulación de la memoria autobiográfica por medio de pistas musicales con la que se pretende, según ha sostenido, "provocar al enfermo recuerdos a partir de música de diferentes tipos, ya sea triste o alegre".
El investigador ha destacado el carácter "gratuito" del programa, financiado por el CREA y que ya está disponible en la red, lo que facilitará que cualquier asociación y organización pueda utilizarlo". A partir de ahora, ha concluido, "se irán incorporando paulatinamente las publicaciones científicas que justifican los niveles terapéuticos del mismo, así como las novedades o actualizaciones del material".